viernes, 6 de septiembre de 2013

La revolución del amor cortés



EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 7 de septiembre, 2013.

Desnudo de Balthus.
Lo inesperado es el mejor camino para el descubrimiento, como decía Antonio Muñoz Molina y tal como me ha sucedido con la lectura de La llama doble de Octavio Paz, en donde habla del amor cortés, es decir, de ese motor que nos impulsa y que es un tema recurrente en la literatura en donde cada escritor tiene su propia visión y en cada caso lo cuentan de manera diferente.

Lo que nos mueve es el deseo de la complitud —dice Paz— y tal parece que eso fue lo que motivó a los trovadores del siglo XII que inventaron el amor cortés que, hasta entonces, creían que era un delirio individual, pero son ellos los que transforman el amor y lo hacen un ideal en donde se puede alcanzar una vida superior.

Entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior de su alma pasa, le explicaba don Quijote a Sancho Panza, antes que fuera éste a visitar a Dulcinea del Toboso.

El amor inspira a los poetas líricos y, al mismo tiempo, transforma la vida de las señoras pues ahora son éstos los que se declaran sus vasallos, sin importar que estuvieran casadas, pues en la Edad Media el matrimonio era considerado un pis aller, un mal necesario en donde ellas eran tratadas como un objeto que mantenían en sus castillos mientras los señores feudales se iban por años a las cruzadas. Es posible que el rey Hamlet tratara de esa manera a su esposa Gertrudis, más como objeto que como sujeto; de igual manera Gianciotto Malatesta trataba a Francesca da Rimini antes de ser admirada por su cuñado, el joven Paolo con quien leía la vida de Lanzarote hasta que un día, no pudiendo más, éste de quien jamás seré apartada la boca me besó todo anhelante… y, desde ese instante, no leímos más.

Gracias a los trovadores ellas fueron tratadas como señoras y dueñas de su corazón y ellos eran sus vasallos que les cantaban y dedicaban poemas para ser idolatradas. Por primera vez tienen una diferente opinión de ellas y así nace el amor cortés: sus señoras son tratadas como nadie antes en su vida lo había hecho y eso fue toda una revolución.

El protocolo incluía varios pasos: el primero tenía que ver con la declaración de amor al cuerpo y al rostro de su señora y si para entonces había reciprocidad, podían pasar al segundo paso y empezar a ofrecer un intercambio de signos, poemas y cantos antes de pasar a la tercer paso o assai, en donde podían asistir al lecho de su amada y contemplarla desnuda, pues sabían que ellas eran el reflejo de la Naturaleza con todo y sus valles, colinas y una tupida floresta.

Luego seguía el alba y con ella la joi, el goce indecible de acoplarse después haberse acariciado y de haberse contenido  al verla desnuda o haber dormido a su lado. Ahora experimentaban esto que pasa de la extrema tensión, al más completo abandono y, de la concentración fija, al olvido de sí mismo durante un segundo, cuando se da esa reunión de los opuestos en donde está la afirmación del yo y su disolución, la subida y la caída, el allá y el aquí, el tiempo y el no-tiempo, una experiencia tal que ocupa un lugar principal en la vida de los seres humanos.