viernes, 4 de octubre de 2013

De mil amores con Guadalajara

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 5 de octubre, 2013.
La Catedral del alarife Martín Casillas. (Colección Arq. Alberto Gómez Escobedo.
Estoy, como dicen, de mil amores con Guadalajara, revisando, leyendo y escuchando lo que nos han contado un grupo de expertos sobre esa ciudad. Algunos viendo a la cámara y otros con los ojos fijos al papel mientras dicen o leen sus textos en voz alta, como lo hacían cuando leer y escuchar quería decir lo mismo. Bien puedo decir que ‘leí’ al doctor Alfonso Alfaro quien hace una introducción en el tiempo y nos dice que su creación fue, más bien, por decisión de los poderes pues algunas obras humanas están marcadas por la geografía y por el tiempo —dice— y otras parecen haber sido directamente engendradas por los flujos de la historia, asentamientos totalmente indispensables como Tanger o Amberes, mientras que otras son el fruto de una decisión humana, de la voluntad de un poder específico. Urbes como Bagdad, Madrid, San Petersburgo o Brasilia, que podrían estar en otro sitio o en ninguna parte. Guadalajara pertenece a este segundo tipo…, y esto lo conecto con esas otras ideas de Italo Calvino en Las ciudades invisibles para regocijarme escuchándolo cuando habla de la llamada Diomiria: partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas sobre una torre… Pero aquel que llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freiduras, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices.

Un viaje bajo la lluvia y las caricias del Sol cuando se abrió paso entre nubes para alumbrarnos en todos los sentidos y empezar leyendo la historia de la iglesia en Guadalajara bien contada por Tomás de Híjar, Pbro., un magnífico cronista que no cerró los ojos para imaginar lo que decía y, fijos a la cámara, parece que lo que nos dijo ‘realmente’ había sucedido.

Conocer sus alrededores como lo ha hecho Juan José Doñán, explorador de a pie o en bicicleta que nos llevó por la Ribera de Chapala, por las alturas de Tapalpa y sus parapentes girando por los aires antes de ir a otro valle y saborear el paisaje agavero, tequila en la mano, en medio de la plática de Juan José que bien ha recorrido estos rumbos y nosotros poder disfrutarlos más con las fotos que Pedro Fernández Somellera ha tomado por esos lares, antes de recibir una buena clase de arquitectura con Juan Palomar Verea que nos trazó en el tiempo las características de esa urbe como si fueran las perlas que hay en Occidente y que brillan como si fuese su espíritu que la viste de gala con sus muros y fachadas aunque este hombre sabe que el deterioro les está cayendo a plomo por más que lo defiende a capa, pluma y espada.

Volver a ver al hombre en llamas para divagar con eso que escribió Gorostiza y que dice: ¡Oh! inteligencia, soledad en llamas, / que todo lo concibe sin crearlo!, para volver a acostarme en la banca para verlo ascender por ese otro universo de la invención, deseando que aparezca Peau Douce, concebida en medio de las batallas de mi General.