miércoles, 30 de octubre de 2013

Las ofrendas de los muertos

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 31 de octubre, 2013.
Orestes perseguido por la culpa y las Euménides vengadoras.
Tuve que acudir a las tres tragedias de Esquilo para conectar el origen de los ritos que hoy en día, entrados en el siglo XXI, celebramos este viernes 1º de noviembre Día de muertos. Las tres tragedias conforman La Orestiada con las que Esquilo concursó en el II año de la CXXX Olimpíada de 459 a.C., cuando Filocles era el arcontado, como le decían a uno de los nueve que tenía el poder en Atenas, equivalente en algún sentido, a los arcontes-delegados en el Distrito Federal. En esa ocasión, Esquilo ganó el premio después de poner en escena Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides.

En Agamenón conocemos cómo Clitemnestra y Egisto su amante, matan a Agamenón recién llegado de Troya acompañado de Casandra, la princesa troyana, la inocente adivina a la que nadie le hacía caso. En Las Coéforas nos enteramos justo de esos ritos que se llevaban a cabo cada año, pues ellas eran las que portaban las libaciones para los muertos y las ofrendas que consistían —como en nuestros días—, en llevar y verter vino y aceite en ese túmulo de tierra que servía de tumba.

En esa ocasión, había llegado Orestes del exilio para rendirle homenaje a su padre, pues ¡yo no estuve presente cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude tomarte en mis brazos y darte sepultura! Luego, el Coro nos explica lo que está detrás del rito: enviado del palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios… los intérpretes de los sueños, poniendo por fiadores a los dioses, afirman que los manes (las almas de los difuntos) de los muertos tiemblan de cólera y claman contra los asesinos. Y para conjurar los males amenazan ¡oh Tierra!, ¡Oh Tierra! Aquí tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía.

Era la culposa Clitemnestra que a deshora se presentaba el Terror: los cabellos erizados, respirando venganza y anunciando sueños temerososSale del fondo de esa mansión la voz terrible que llena todo de espanto y cae en el gineceo (la habitación retirada y exclusiva para las mujeres) con atronadora pesadumbre.

Entonces nos damos cuenta que la razón del rito es la culpa que necesitamos apaciguar a esos muertos con los que no alcanzamos a hacer las paces. Electra no sabía ni qué decirle a su padre que había muerto con el hacha que uso su esposa (es decir, la madre de Electra) y era a la que le mandaba con sus ofrendas sin saber qué hacer: más bien me llegaré en silencio y de espaldas, ¡como fue asesinado mi padre!, sin honores, a modo de quien hace sacrificio expiatorio, derramaré estas libaciones, y así que la tierra se las haya bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver los ojos…

Cuando vemos en algunos pueblos y lugares como en Janitzio o en Oaxaca o como lo hacen en desorden el panteón que está a la vuelta de la casa en Tlalpan, igual cargan con su tequila, pan y otros alimentos para dejarlas sobre las tumbas como lo hacían en Grecia hace 2500 años. Resulta notable que, entre otras cosas, era la culpa que traían los vivos y que se esa manera pretendían apaciguar la furia de los difuntos, sobre todo, si se siguen apareciendo en sueños. Por eso inventaron que se reunían en el oscuro Averno y que sólo nos visitaban cuando estábamos inconscientes o dormíamos por soñar con los muertos dedujeron que el alma era inmortal.


Cumpliendo las órdenes del Oráculo, vuelve Orestes a su patria, con el fiel Pilades hasta el túmulo de Agamenón, a tiempo que llegan también las esclavas de Clitemnestra, portadoras de las libaciones que la reina ofrece a los manes de su esposo…