miércoles, 16 de octubre de 2013

¿Y si viviéramos todos juntos?

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 17 de octubre, 2013.


El título es bueno y el reparto genial con una excepción: Guy Bedos (1934-) como Jean Colin, el marido de Annie (Geraldine Chaplin, 1944-) que cree que es ‘un activista’ que no se lo cree ni su mamá. Al guión le falta stamina como esas otras películas que giran alrededor de la vejez:  Amour (2012) de Michael Haneke y El cuarteto (2012) en donde Dustin Hoffman logra una verdadera comedia que se lleva a cabo en esa bella casa de retiro para músicos, en donde desean celebrar un aniversario de Verdi para recabar fondos y, de pronto, llega Maggie Smith, ‘la diva’, que se resiste a aceptar la vejez y la pobreza, pero que, como buena comedia, termina bien.

¿Y si viviéramos todos juntos? es una película basada en el guión y dirección de Stéphane Robelin, que resulta ser intrascendente, floja y un poco aburrida, a pesar de tener a dos figurones del cine como son Jane Fonda y Geraldine Chaplin. Por ahí, uno que otro chispazo, pero la historia no logra mover el tapete con estos cinco viejos amigos que un día deciden vivir juntos, invitados por el activista, con la ayuda, no planeada, de un joven universitario.

Se trata de evitar la angustia de la ancianidad y de la muerte y por eso, cuando  Jeanne (Jane Fonda, 1937-) muere, su marido y sus amigos tratan de evadir la tristeza y brindan con champaña en su entierro con tal de evitar el trauma.

El título es prometedor y entre todo, tiene una idea que nos hace reflexionar. Lo dice Jeanne: toda la vida planeamos todo: aseguramos el coche, la casa, la vida, perno nadie es capaz de planear qué hacer en la vejez, cuando nuestras facultades se vienen abajo… Tiene razón: no sabemos qué clase de vejez nos va a tocar, no sabemos si será con la pérdida de la memoria o sin poder movernos o con dificultades para respirar —como vi sufrir a mi madre años antes que falleciera—, o si vamos a morir de sopetón, pues, como bien decía el Bardo en otra comedia (Como les guste): la última escena de todas, que finaliza esta extraña y memorable historia, en una segunda infancia, plena de olvidos: sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.

De pasada conocemos lo que pueden ser los asilos de ancianos que por más bonitos edificios o jardines que tengan, son deprimentes como es la versión es aterradora que nos muestra el fotógrafo y sexajólico Claude, (Claude Rich, 1929-).

Conforme avanzamos en la tercera edad, se antoja que, en lugar de vivir aislados o en manos de la enfermera o en esos asilos deprimentes, mejor la fantasía de vivir junto con los amigos de siempre, creyendo que hemos dejado a un lado las pasiones de la juventud, los celos y los conflictos del pasado con esos amores robados a la primavera. Por eso, Claude le confiesa a Jeanne en secreto que si lo hacen… te podré ver todos los días… Sí, el amor del bueno, aunque esporádico y lejano, dura hasta la muerte.

Sí, vernos todo s lo días y estar pendientes uno del otro, acompañándonos hasta el final para despedir a los que se van adelantando y tener, por lo menos en los últimos años de vida, la sensación de estar bien acompañado, aunque no nos demos cuenta. La idea suena bien. La realidad es otra cosa. ¿Quiénes serían esos con los que quisiéramos vivir? ¿Podríamos seguir compartiendo con ellos nuestras rutinas, los hábitos y las costumbres?

Uno tiene alzheimer; otra, cáncer terminal, pero todos deciden combatir la soledad para apoyarse entre sí… y por eso, vivir juntos es una buena y atractiva idea. Lástima que la película resultó ser un melodrama para pasar el rato aunque nos hizo reflexionar sobre la vejez ciruelas para que, ojalá, aprendamos a llegar con ánimos a esa última etapa de la vida como si fuese una comedia.