viernes, 1 de noviembre de 2013

Lo efímero de la vida

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 2 de noviembre, 2013.
Ver los atardeceres en Chapala como la abuela Cova.
Con el día de los muertos pienso en lo que escribió  Matthew von Unwerth en Freud’s Réquiem. Mourning, Memory, and the Invisible History of a Summer Walk. (Riverhead Books, Penguin Group. New York. 2005), donde nos habla de cómo nos cuesta trabajo entender que tanto la belleza, como la vida sea efímera y por eso, cuando hemos despedido a esos que se nos han adelantado en ese viaje sin regreso, nos hace pensar en aquella conversación que se supone se llevó a cabo en el verano de 1913 en la frontera de Austria con Italia, allá, en los Alpes Dolomíticos o en otro caso, en el muelle de Chapala viendo el atardecer como acostumbraba hacerlo la abuela Cova todos los días. Tal parece que los compañeros de Freud eran Lou Andreas-Salomé y el poeta Rainer María Rilke.

“No hace mucho tiempo salí a caminar en el verano, por una de esas partes risueñas del campo en compañía de una amiga taciturna y un joven, pero ya famoso poeta. El poeta admiraba la belleza del paisaje que nos rodeaba sin sentir ninguna alegría. Estaba preocupado por lo efímero de esa belleza que nos rodeaba y que sabía que un día se acabaría y que, por supuesto, desaparecería con el invierno, como sucede con la belleza humana y el esplendor de lo que el hombre ha creado o podría crear. Todo aquello que alguna vez había amado y admirado, todo lo que tenía para él algún valor quedaría trasquilado por el destino fatal de lo efímero.

“La tendencia de todo lo que es hermoso y perfecto hacia su decadencia provoca dos diferentes sentimientos: el primero es un especie de abatimiento doloroso, (melancolía o nostalgia) como lo que sentía el poeta, mientras que otro, nos impulsa a rebelarnos en contra de este hecho real: ¡no! —pensamos— no es posible que todas las maravillas de la Naturaleza y del Arte, un día se desvanezcan en la nada. Sería absurdo y presuntuoso creerlo. Estas maravillas deben de persistir y escapar, de alguna manera, de todos los poderes de la destrucción.

“Pero el deseo de lograr la inmortalidad es sólo producto de nuestros deseos que reclaman algo de realidad: aunque sea doloroso puede, sin embargo, ser verdadero. No puedo discutir lo perecedero de las cosas, como tampoco puedo insistir en hacer una excepción a favor de lo que es bello y perfecto. Pero lo que sí puedo es trabajar sobre ese pesimismo del poeta en cuanto a que lo efímero de lo que es bello que, según él, implica una pérdida de su valor.

“¡Al contrario —digo— lo aumenta! El valor de lo imperecedero es su brevedad en el tiempo. La limitación en la posibilidad de disfrutar algo, aumenta el valor de lo disfrutado. Era inconcebible —digo—, que el simple  pensamiento de lo fugaz de la belleza interfiera con las posibilidades de disfrutarlo. Al contemplar la belleza de la Naturaleza en ese verano y saber que va a ser destruida en el invierno, pero que vuelve una vez más el año siguiente, comparada con la longitud de nuestras vidas, podemos decir que es eterna. La belleza del ser humano desaparece en el curso de su existencia, pero su evanescencia sólo le da un toque de encanto. No porque un capullo florezca una noche, deja de ser menos preciado. Por eso, no puedo entender por qué la belleza y la perfección de una obra de arte pueda perder su valor debido a estas restricciones temporales.”