jueves, 14 de noviembre de 2013

Los impresionistas inolvidables

INFOSEL. Crónica cultural del jueves 14 de noviembre, 2013. 
Le déjeuner dans le jardin de Monet.
Qué placer fue en aquella ocasión habernos despertado en París, hospedados por la gracia de un amigo en su departamento de la Rué Jacob en el Barrio Latino con la vista de la torrecita de la iglesia de Saint Germain-des-Prés. Saber que, después de tomarnos un café con esos croissants únicos, iríamos caminando al Museo d’Orsay para disfrutar de la colección de obras de los impresionistas que un día de joven había descubierto vagando por el MOMA de Nueva York, con Le déjeuner dans le jardin de Monet que me pasaba las horas viéndolo e imaginando que un día haría lo mismo que él y después de desayunar en lugar de pintar esas escenas familiares, me pondría a escribir una novela en donde aparezca ese niño que ahora juega inocentemente y que, a lo mejor, otro día muere en un accidente. Pero ese día jugaba mientras su madre llega arreglada al jardín, vestida de blanco —como las mujeres de Sorolla en las playas de Valencia—, acompañada de la abuela y las dos vestidas como se acostumbraba hacerlo a finales del siglo XIX y ella con un sombrero adornado para cubrirse del sol, mientras Monet sonreía para darnos sus impresiones —o la instantánea— de un momento en la vida apacible del verano que al mismo tiempo ya es nostalgia, como lo es eso que está un día pleno de luz, rodeado de flores, en la paz e intimidad como la que hemos tenido un domingo cualquiera en París —o en Tlalpan—, y el deseo de tener otros días así, con un desayuno apacible, como si esa luz del sol y lo que ilumina no fuese otra cosa que un reflejo de nuestro ánimo y una cierta claridad de ideas o del entusiasmo por la vida como tan bien logra comunicarnos el pintor con sus impresiones y deja, de esa manera, la imagen de su alma o de esos deseos de que las cosas fuesen tan plácidas como las que todos lo deseamos algún día.

El impresionismo es voluptuoso sin importar que se trate de las tormentas como las que pintaba J.M. William Turner (1775-1841), —que se anticipó a este movimiento— que nos ha dejado una obra que todavía nos sorprende y admiramos, pues nos pone a pensar para saber qué es lo que podría estar detrás de sus neblinas como las de la naturaleza, que no deja de ser una manera lírica, concreta y expresiva de darla a conocer.

El Museo Dolores Olmedo —Av. México 5843, La Noria, Xochimilco— tiene una exposición que no puede perderse (nada más no vaya los domingos: hay multitudes), con préstamos de los museos d’Orsay y de l’Orangerie.

¿Qué más queremos poder desear ver en medio de esos jardines espléndidos? No estaremos en París, pero desde nuestra casa, disfrutando de un desayuno parisino, con la pequeña fuente donde beben y se bañan los pájaros desde temprano y la azálea blanca florece como si fuese una flor primaveral, salimos pues rumbo al museo con un sol como el de Monet que tanto mejora el estado de ánimo.


Finales de XIX y cuando los primeros impresionistas ofrecen sus obras y la gente se escandaliza. Otros, admirados de la fuerza con la que comunican en este salir del estudio a  pintar al aire libre y reinventar el paisaje, con sus impresiones, como esas que hacemos cuando vemos las cosas a través del tiempo, como esa mañana en París desde la Rue Jacob para tomar la Rue Bonaparte, llegar a la orilla del Sena antes de tomar, felices, rumbo a lo que era la estación d’Orsay, el museo más esplendoroso del impresionismo.