Cuando oímos más de lo que nos dicen

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 5 de diciembre, 2013.
Timbre postal chipriota celebrando la llegada de Otelo a esa Isla.
Aterrados de ver cómo la maldad se filtra como veneno mortal en aquellas personas que pensábamos eran indestructibles, grandes como los dioses, sólo para reconocer que son débiles como el resto de los humanos, al tiempo que vemos cómo una joven e inocente veneciana es despreciada, sin culpa alguna y maltratada hasta morir en manos de ese monstruo desquiciado del que todos sabemos, menos él, que se dejó arrastrar hasta lo más profundo del Averno, sin que supiera que, en medio de una crisis, escuchamos más de lo que nos dicen y por eso no pudo enfrentar las dudas como acostumbraba hacerlo en el campo de batalla en donde reconocía las fintas y tenía la capacidad de intuir quién y dónde estaban tratando de engañarlo, como lo detectaba en el enemigo.

Ahora no pudo distinguir la verdadera causa, la causa alma mía, la razón que a lo mejor tuvo su origen en sus complejos, cuando escuchamos que se quejaba pues acaso se debe a que soy negro y no poseo los suaves dotes de la conversación como la de los cortesanos o tal vez porque empecé a descender por el valle de mi vejez… aunque no soy tan viejo.

Una vez más vemos cómo la fragilidad de esos gigantes o de esas mujeres como diosas y que estamos seguros que son tan fuertes que parecen inmortales, tal como pueden ser en un momento dado nuestros padres o los maridos o las esposas o los jefes. Pero que, con el tiempo o en un momento dado nos damos cuenta que tienen su talón de Aquiles y cuando el enemigo sabe dónde se encuentra, puede lanzar la flecha ahí justo para destruirlo.

Nicholas Hytner, es el director de esta versión que se transmite desde Londres por el Teatro Nacional (Lunario, domingo 8, 20:00), se permitió adaptarla en su vestuario y escenografía a nuestros días y Otelo es uno de esos generales en Afganistán y no las venecianas en Chipre en el siglo XVI, amenazados por el Imperio Otomano. Otelo es Adrian Lester y Yago, Rory Kinnear que no podían estar mejor. La escenografía son una especie de contenedores que se convierten en oficinas, sala de Consejo o habitación y se mueven como legos para cumplir su función.

Es un thriller psicológico y la estrategia de Yago la conocemos desde el primer momento: mi odio a Otelo está arraigado en lo más firme y más profundo de este pozo negro de mi sangre y, para vengarme y arrojar a Casio de su puesto, voy a engañar al moro vertiendo lentamente en sus oídos que Casio y que Desdémona... En cambio, el moro es de naturaleza franca y cree que Casio es honesto. Pero yo lo llevaré dócilmente por la nariz, como a un burro y le haré beber, gota a gota, la diabólica ponzoña de los celos. ¡Ya está! ¡Ya está engendrado! Ahora, la noche y el infierno se encargarán de dar a luz este monstruoso nacimiento.

Y tal cual lo lleva a cabo sin que podamos hacer nada por evitarlo aunque nos dan ganas de gritarle que tenga cuidado, que lo están engañando o, como bien dice Ulises Schmill, cuando nos damos cuenta que estando en crisis oímos más de lo que nos dicen, la famosa “implicatura” que nos puede hundir hasta el fondo.


Cada vez nos queda más lejos, como si fuera un eco que se pierde en por los aires, cuando ese héroe de las mil batallas logra seducir a la veneciana contando cuando cierto día me pidió que le contara mis viajes a ella sola, pues sólo había oído fragmentos del relato y yo accedí y le conté lo que ya había narrado, más otros episodios con nuevas palabras, en otro tono y con un desconocido entusiasmo. Y muchas veces sucedió que, cuando la muerte me acechaba vi, húmedos de lágrimas sus párpados