jueves, 2 de enero de 2014

Conectar lo que vemos y leemos

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 2 de enero, 2014. 
Francesca da Rimini y el beso de Paolo.
Esta semana leo en Babelia lo que dice Antonio Muñoz Molina a propósito de poder conectar lo que leemos me vino como anillo al dedo: dice que “entre otras cosas que he aprendido con el paso del tiempo es que la lectura desconectada de la experiencia real de las personas y las cosas puede muy bien ser estéril”, y con eso confirmo esa idea que tuve desde que empezamos a leer las obras completas de Shakespeare en donde fui conectando espontáneamente lo que íbamos leyendo con cosas que tenían que ver con la vida personal o con la de otras personas, reales o ficticias, de tal manera que de esa manera integré la lectura y entendí mejor las tramas o a los personajes y sus situaciones para que fuesen parte de nuestro territorio.

Esto mismo lo he aplicado tanto en los talleres de liderazgo basado en las obras de Shakespeare como los que empecé a dar a grupos de ejecutivos de manera particular o en el ITAM, en particular con La vida de Enrique V con resultados notables, así como en la Mentoría que ofrecí el año pasado a un grupo de ejecutivos de una empresa líder en Relaciones Públicas.

Lo que había que practicar es esa conexión con lo que estamos leyendo y ver en dónde tiene que ver con nosotros mismos, por ejemplo, cuando escuchamos al Coro, disfrazado de Prólogo, en Romeo y Julieta y leemos o escuchamos que dice: “dos familias de idéntico linaje; en la bella Verona, nuestro escenario, donde un antiguo odio engendra otro nuevo y la sangre mancha las manos de sus habitantes”, de pronto, dejándome llevar por eso que es más bien inconsciente, lo asocié con las historias que me habían contado en Tepatitlán, Jalisco, ese pueblo donde había nacido mi padre y que está cerca del rancho al que íbamos de vacaciones, donde conocí a don Ventura el mediero, que nos contaba historias de lo que sabía y sucedía en Tepa, historias que estaban llenas de odio que engendraba a uno nuevo, tal como era entre los Capuleto y los Montesco. En Tepa se apellidaban Cruz, como la abuela paterna y Navarro, o entre los Franco y los Barba. Conectando así, de pronto entendí lo que pasaba en esa obra de Shakespeare como si fuera otra historia como la que nos contaba don Ventura. En ese momento —aunque mis amigos se reían—, interioricé la obra, la hice propia y la entendí como nunca había entendido una obra de teatro.

No cabe duda que todo lector “es lector de su propio yo” y la obra no es más que un espejo para reconocer o recordar —si alguna vez lo hemos experimentado—, el dolor que se siente cuando alguien nos pone el dedo en la llaga o cuando padecimos de celos o cuando, consumidos por la envidia y la ambición, acabamos con lo que más queremos o cuando reconocemos que el hombre puede ser “una obra de arte”, pero también reconocemos que puede ser una bestia que hace el mal por el mal mismo.


Se trata de conectar para integrarlo a nuestra experiencia como lo podemos hacer cuando vemos un cuadro en donde sugiero hagamos este ejercicio: ver este beso prohibido entre Francesca da Rimini y Paolo su cuñado y recordar cuando Dante los rescata en la Divina Comedia y ella confiesa que “el Amor nos condujo a morir juntos, y a aquel que nos mató Caína espera.’ Y si recordamos un sentimiento parecido como el que estamos viendo, entre angustia y deseo, como seguramente nos ha pasado alguna vez, entonces, el cuadro adquiere otra dimensión y descubrimos todo lo que nos han puesto en bandeja si conectamos el arte con lo que es parte de nuestra vida.