Jazmín azul o la esquizofrenia andante

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 9 de enero, 2014.

Blanchett, Allen y Baldwin.
La esquizofrenia, según el Diccionario de Psicología, se reconoce cuando observamos en la persona trastornos en la afectividad, la voluntad y la personalidad o cuando sufren alteraciones en el estado de ánimo y tienen ideas súbitas, éxtasis, desatinos, apatías o cuando tienen la sensación de ser una persona ajena a las vivencias propias y no paran de hablar, es decir, les da por la verbigeración o énfasis en el hablar. Estoy seguro que esto lo conocía bien  Woody Allen antes de ponerse a escribir el guión de Jazmín azul (Blue Jasmine, 2013), inspirada en Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams (Premio Pullitzer 1948). El guión es de primera y si le agregamos el tino por haber contratado a Cate Blanchett (1969-) para el papel principal, resulta una obra de arte.

En la trama de Tennessee Williams se trata de una mujer llamada Blanche Dubois, una sureña que padece delirio de grandeza y que, por eso, se refugiaba en un mundo falso y superficial. Era una mujer presumida, altanera y desequilibrada y. lo peor del caso. es que no se daba cuenta. Stanley Kowalski, su cuñado era un obrero polaco que desde que había llegado a los Estados Unidos se ganaba el pan con el sudor de su frente como lo hacen millones de inmigrantes de las entreguerras del siglo XX o los que llegan en nuestros días.

Woody Allen le pone un poco de sal y pimienta y le un giro para ubicarla en nuestro tiempo. Como buen jazzista, se inspiró en los blues y, por eso, pinta a Jazmín de azul como es el color del sentimiento que carga esta mujer y que los jazzistas lo asocian a la tristeza, la depresión y el desencanto de esa vida en donde son impotentes frente a los amos sureños o con la discriminación del resto de los Estados Unidos.

Janette era su nombre de pila pero ella pensó que era un nombre vulgar y por eso se lo cambió a Jazmín, “como las flores que se abren por la noche”. Con ese nombre se movió entre la high society neoyorkina, desconociendo, en apariencia, los negocios y la vida sexual de su marido. Incapaz de enfrentar su realidad, empezó a beber con fe para evitar reconocer y enfrentar su realidad y menos la su marido que era como DSK en su acoso a las mujeres o como el fraudulento Madoff: uno, seduciendo compulsivamente a quien trajera falda o vestido y el otro, engañando a medio mundo con unas inversiones fantasma. Por eso un día abandona la Quinta Avenida para refugiarse con su hermana (de diferente papá y diferente mamá) en San Francisco. Una mujer que nada tiene que ver con Jazmín pero que, en cambio, tiene los pies en la tierra, además de tener cierto pegue. Trabaja de cajera en un Súper.

De ser la reina Isabel I ahora vimos a Cate Blanchett desplegar su capacidad actoral: le creemos todos los papeles que hace, desde la rica y frívola neoyorkina que viaja sin un quinto pero con sus maletas Louis Vuitton que no pudo vender o como la mujer histérica que tiene dificultades para respirar cuando se altera emocionalmente o verla cómo bebe sin poder para apaciguar a sus fantasmas con los que habla sin parar.


Es un drama en tono de blues y Blue Moon es un tema musical que se recuerda constantemente pues con esa melodía había iniciado su otra vida. Allen nos mantiene en suspenso y se reserva darnos la clave hasta el final cuando entendemos porqué dejó que los demonios acabaran con ella para llegar a ser una esquizofrénica galopante. En un drama bien escrito y bien dirigido, tiene a Cate Blanchett como una estrella que brilla para aplaudirle este retorno a Woody Allen al cine de arte.