viernes, 17 de enero de 2014

Se hace camino al andar

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 18 de enero, 2014.
Schwarzwald Strasse. Pasear al borde de la Selva Negra en Freiburg.
Sin duda, salir a caminar o a pasear por el placer de hacerlo es una actividad que tal parece en México y en otros lados está en extinción como dice Gabriel García de Oro en El País Semanal del pasado domingo. Por eso me acordé de los paseos diarios que hacía ese año que estuve en Freiburg, i.Br. en Alemania hace medio siglo, cuando estudiaba matemáticas aplicadas (¡hágame usted el favor!) Entonces vivía recién casado en un cuartito en el 29 de Schwarzwald Straße (Calle de la Selva Negra) al limite Sur de la ciudad a la entrada del bosque más bonito que he conocido en mi vida.

Todas las mañanas, sin importar el frío del invierno, salía a caminar por esa calle hasta internarme en el bosque, echando vapor por la boca y las narices, absolutamente feliz de hacerlo sin prisa, observando el follaje, los troncos de esos abetos enormes, dándole vueltas a la fantasía que siempre es parte de nuestra vida. Poco a poco se acomodaban las ideas y fue en esos paseos que tomé dos o tres decisiones muy importantes.

Algo nos dice el poema de Antonio Machado: 

Caminante, no hay camino, 
se hace el camino al andar. 
Al andar se hace el camino, 
y al volver la vista atrás se ve la senda 
que nunca se ha de volver a pisar.

Tanto en la ciudad de México como en Guadalajara son pocos los lugares donde podemos pasear: en México, los que vivimos al sur puede uno ir al bosque de Tlalpan y, los que viven por San Miguel Chapultepec, hay un bosque maravilloso pero está cerrado al público. Cuando vivía en Guadalajara en la calle de López Cotilla, casi esquina con Tolsa, salíamos a caminar por la banqueta hacia el Poniente y si era por la noche (¡qué tiempos, Señor!), nos invadía el olor a jazmín o a huele-de-noche que destilaba su perfume en abril o mayo. Me dicen que ahora habría que ir al bosque de los Colomos a pasear como una buena alternativa (otra es la Bosque de la Primavera o a la Barranca de Oblatos).

Recordar los paseos nocturnos por la ciudad de Guadalajara a lo mejor me pasa como lo que decía Hemingway en el epígrafe de París era una fiesta, si sustituimos París por Guadalajara: 

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando eras joven, 
luego París te acompañará, vayas adonde vayas, 
el resto de tu vida, pues París es una fiesta que nos sigue.

Ahora me doy cuenta que paseando puede uno estar acompañado de esa musa de fuego como sugería el Prólogo en Enrique V de Shakespeare, “para ascender al universo de la invención”. ¡Claro!, paseando se despejan las dudas, aflojamos la tensión y dejamos que salga lo que estaba en esa olla de presión.

Novelistas como Robert Louis Stevenson (1850-1894) el de La isla del tesoro, o poetas como Antonio Machado (1875-1939) que habla de esto y se refiere 

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido... 

O Thoreau (1817-1862) y su Walden, que han sido grandes defensores del paseo.


Pasear y dejar que las ideas o los recuerdos nos asalten, tal cual, como lo saben los que lo hacen de vez en cuando, para quedar a mano con la vida.