Sobre la naturaleza de las cosas

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 4 de enero, 2014.
Los amantes en la Roma de Lucrecio, (91-51 a.C.)
A finales de año vimos varios artículos sobre los mejores libros publicados y más durante la FIL en el mes de diciembre, listos para comprar cualquier título o autor que se nos hubiera ocurrido y todo esto me hizo reflexionar sobre esos libros que leímos el año pasado que nos gustaron y causaron un impacto especial y que, de alguna manera, todavía los estamos saboreando.

El descubrimiento del año fue El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, una novela que disfruté como hacía tiempo que no sucedía en donde me dejé llevar por la magia de las palabras  pues al mismo tiempo que leía esa obra que gira entre el presente y el pasado, entre la realidad y la fantasía, lo hacía en paralelo con mis propias historias conectando los sucesos en su pueblo de Mágina al sur de España, con la propia para entrar en el territorio del pasado y la toma de conciencia del presente, como en pocas ocasiones me había pasado.

Esa narrativa deliciosa tiene una puntuación que, a veces, se antojaba leerla en voz alta para escuchar su ritmo que, por momentos, me dejaba sin respiración pues no usaba signos de puntuación —como lo hizo en un capítulo Joyce en Ulises— y que se interpreta como un sueño que viene del inconsciente para llegar exhausto al final del párrafo, encantado de disfrutar de esa manera sus historias.

En junio publiqué una nota sobre este libro, recordando ese párrafo en donde «lo veíamos descansando, como el guerrero apacible, al lado de su amante, que dormita desnuda después de la batalla mientras que está viendo una reproducción de El jinete polaco de Rembrandt ‘enfrente de su cama’ y viéndolo, se le antoja despertarla ‘como si cayera otra vez la noche y se avivara el fuego que alguien había encendido junto a un río en donde unos tártaros sublevados contra el zar calentaban hasta el rojo vivo el filo de sable que en apariencia cegaría a Miguel Strogoff.’»

Otra de las lecturas que resultó otro gran descubrimiento fue Sobre la naturaleza de las cosas de Lucrecio (95-51 a.C.), quien se propuso liberar a los mortales del opresor miedo a los dioses, el temor a la muerte y el pánico de la vida futura… y, para eso, se hizo dueño de su tiempo para detenerse a pensar sobre la naturaleza de las cosas, aunque pareciera que huía en medio de una estampida: nada hay nada más grato que ser dueño de los templos excelsos, guarnecidos por el saber tranquilo de los sabios, donde puedes distinguir a otros y ver cómo los confusos extravían y buscan el camino de la vida. Con un largo poema se propuso demostrar cómo es que está hecha la naturaleza y cómo es que funcionan, para finalmente demostrar que el alma es mortal y, por lo tanto, que se desintegra con el cuerpo.

Lucrecio fue un seguidor de Epicuro (341-270 a.C.) donde había que vivir considerando el placer con prudencia, en contra del destino y la fatalidad y para eso, demuestra que la Naturaleza está regida por el azar, como la vida misma: porque serán materia de mi canto la mansión celestial, sus moradores; de qué principios la Naturaleza forma todos los seres, cómo crecen, cómo los alimenta y los deshace… como si un día nos hubiéramos detenido a pensar en todo lo que nos rodea con la misma inocencia e imaginació