Un ángel y la muerte

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 16 de enero, 2014.

El golpe es seco y a la cabeza: por más que le demos vueltas —dice Roger Allam el narrador que representa a la muerte— pues todos, tarde o temprano vamos a morir… Sin duda es la verdad de las verdades tal como lo vamos reconociendo mientras volamos por las nubes siguiendo la vía del ferrocarril con un convoy jalado por una máquina de vapor que va a toda velocidad vaporeando vapor por la vaporera antes de que entremos a uno de los vagones y seamos testigos cuando se lleva a un niño que muere en los brazos de su madre, al lado de su hermana Liesel (Sophie Nélisse) que es la que se da cuenta que ha dejado de respirar, antes de su entierro a un lado de las vías y una vez que éste termina ella recoger un librito que estaba tirado en la nieve antes que la lleven en coche con sus nuevos padres adoptivos: Frau Rosa (Emily Watson) y Hans (Geoffrey Rush), su marido bonachón. Todo esto sucedió en el invierno de 1938.

“La gente está demasiado ocupada con su propia vida para reparar en las pequeñas muertes de los demás” —escribió Valeria Luiselli en Los ingrávidos y tal vez por eso, este primer golpe lo esquivamos de alguna manera porque estamos muy ocupados en otras cosas.

Liesel, es una niña bellísima, un especie de ángel que anda entre la muerte que la rodea. Son los años en que se encumbra Hitler hasta su caída al final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, cuando la voz del narrador nos dice que fueron años con mucha chamba —cuando hubo entre 50 y 70 millones de muertos.

Liesle es la protagonista de Ladrona de libros (The Book Thief) de Brian Percival, basada en la novela de Markus Zusak y el guión de Michael Petroni y resulta ser una versión ligera de esa tragedia pero, no por eso deja de sorprendernos la infinita capacidad del hombre para hacer el mal tal como ahora sucede en Michoacán o en Siria, Iraq y Egipto en donde mueren cientos de personas, entre otras cosas, por el afán de poder o por el maldito fanatismo.

Con esta historia contada de manera sencilla, recordamos la infernal locura del hombre que persigue, castra, golpea, mata, quema libros, discrimina y llegar a matar a millones de inocentes en los campos de concentración que, por fortuna, no vemos en esta película, pero sí recordamos y asociamos con la destrucción.

 Todo eso sucede en la casa de Hans y Rosa que está en Görlitz, la perla del Oriente en Alemania, a unos 200 km. al sureste de Berlín. Ahí vemos la crisis, la inflación, el hambre, la falta de trabajo, la noche de los vidrios rotos, la quema de los libros, el canto de los niños con su suástica nazi en el uniforme de la escuela y esas terribles juventudes hitlerianas que persiguen a los judíos y el miedo que tienen si los protegen, tal como lo hizo Hans con Max (Ben Schnetzer), el hijo de un amigo que le había salvado la vida que se queda en su casa enfermo, hasta que decide irse para salvar a la familia. Con él Liesel aprende a leer y nosotros nos regodeamos con ese rostro angelical que contrasta por su belleza, simpatía, buen humor e inteligencia, su ingenio picante y sus valores bien puestos que aplica durante su vida y que resulta ser es el trasfondo mientras vemos en primer plano una partecita de la historia.

Esta película no tiene mayores pretensiones y así nos cuenta lo que pasa en esos años oscuros, mientras el narrador va haciendo su tarea y cumple lo que tiene que cumplir. Ocupados como estamos, no reparamos por las pequeñas muertes de los demás.


 Por momentos resulta un poco lenta pero al final salimos con el alma sin saber si reír o llorar, aunque cumple con esa gran verdad que soltó a boca de jarro al principio y como la sigue cumpliendo aunque eso lo imaginamos en un vago futuro que no entendemos bien a bien, aunque todos vamos rumbo a la gran, gran final.