viernes, 28 de febrero de 2014

El sentido oculto de la realidad

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 1 de marzo, 2014.
Clementina Otero y Gilberto Owen.

No cabe la menor duda que una cosa nos lleva a la siguiente para ir recorriendo las ramas en esta especie de árbol literario, hasta que logramos tener un panorama y una perspectiva diferente. Digo esto por la lectura gozosa de Los ingrávidos de Valeria Luiselli que me ha llevado de la mano a investigar más sobre Gilberto Owen. Por eso me pasé a esa otra rama que se llama Invitación a Gilberto Owen de Vicente Quirarte (Pértiga, UNAM, DGE Equilibrista, 2007) para enterarme de la biografía y de la manera de escribir de ese poeta desde el principio de los tiempos después de haber nacido en el pueblo del Mineral del Rosario de donde era Manuel Calixto Cañedo, miembro de la familia de la abuela a la que le decían “la divina Cova”, un hombre que hizo su fortuna en el mineral allá en el siglo XVIII para invertirla en la hacienda del Cabezón en Ameca e irse a vivir a Guadalajara en la que se llamaba la Casa de los Huesitos a espaldas de Catedral.

A la muerte de su padre el joven Owen se traslada a Toluca y recuerda que…

El frío irá delante, como un hermano más esbelto y grave
y un deshielo de dudas bajará por mi frente,
y no lo sé, pero es posible que me mire a mí mismo
al recorrer en sueños algún nombre:
‘La Calle del Muerto que Canta’

Estuvo bajo el Nevado hasta que se fue a trabajar a la sombra del caudillo para que ahí explotara su creatividad, se incorporara al grupo de Los Contemporáneos y trabajara Relaciones Exteriores y con su poesía. Digo recorrer las ramas de estos árboles frondosos como lo hice cuando leíamos a Antonio y Cleopatra y me catapultó al Imperio Romano y la antigüedad del Nilo, y su “serpiente”, como le llamaba Antonio a esa morenaza egipcia.

Y así he disfrutado a Owen, tal como lo narra Quirarte —poeta por derecho propio, excelso, delicado y preciso—, de esta transformación que sufre la primera poesía de Owen de la que después se reía “benignamente ante su propia ingenuidad; pues ahora sabía que están prohibidas las palabras “rosa”, “emoción”, “corazón”, y que el trabajo del poeta consiste en encontrar el sentido oculto, primario, de esas realidades… aunque no baste disfrazarse de las cosas y sea preciso disfrazarse en ellas, volverlas a nosotros a través de una alquimia refinada, paciente y poderosa.”

Entonces trabaja la emoción de sus recuerdos en la tranquilidad, y aquello que ‘pudo haber sido’, se convierte en el lenguaje del poeta y la columna vertebral de su literatura.

Amar es una angustia
una pregunta,
una suspensa y luminosa duda;
es un querer saber todo lo tuyo
y a la vez, un temor de al fin saberlo.

¡Qué poetas he descubierto! Sin importarme que haya sido un poco tarde, como tantas cosas en mi vida, al fin de cuentas, lo he encontrado como se hayan algunos cofres en la Isla del Tesoro.

El humor con el que lo trata Valeria en su novela contrasta con la seriedad con la que nos cuenta su vida Quirarte, pero más que otra cosa, su proceso de escritura y ese pasar de lo elemental a lo escondido hasta encontrar un lenguaje para describir las emociones y todo aquello que se tiene que vivir en el interior hasta que salga un día, como los sueños, disfrazado en ellos, codificados los deseos de manera única.