viernes, 14 de febrero de 2014

El síndrome de Ruslaka

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 15 de febrero, 2014.

El Príncipe, la Princesa extranjera y Ruslaka. Ópera de París, 2009
Podemos definir el síndrome de Ruslaka cuando nos gana el deseo de satisfacer una ilusión superior a nuestras fuerzas y deseamos algo con tal vehemencia que no nos importa que esté fuera de nuestras posibilidades. La Ninfa, la Sirena o Ruslaka es uno de esos personajes legendarios que viven felices con sus hermanas a la orilla del lago pero que, después de que conoce al Príncipe —objeto del deseo e ilusión—, todo lo que desea es estar con él sin importar las advertencias de su padre, ni las condiciones impuestas por la bruja Jezibaba. Rusalka acepta al tomar la pócima para que se convierta en mujer, sabiendo que, al hacerlo, se quedará muda frente a los seres humanos.

Eso define lo que sería  el “síndrome de Rusalka” y lo que asocio y me viene a la cabeza con esta pasión son los rusalkos o espaldas mojadas que, a pesar de las advertencias de sus padres, insisten en satisfacer sus ilusiones sin importarles abandonar la paz y la felicidad de sus hermanos y las delicias a orillas del Lago para irse a otro país, aunque saben que, de entrada, se quedarán mudos sin conocer el lenguaje, ni los nuevos hábitos y costumbres que son tan diferentes a los de su pueblo —como los que habitan en Tuxcueca en esa otra orilla del Lago de Chapala— y que una vez los vi cuando visitaban su casa.

El poder de la ilusión nos hace abandonar lo conocido para experimentar lo nuevo, aunque nos digan mil veces que lo que vamos a sufrir. Aún así, nos vamos a Alemania o nos vamos a vivir a Viena y nos quedamos mudos como Rusalka, sabiendo que nos van a considerar como unos extranjeros de piel morena, hasta que nos entra la nostalgia, como le entró a Rusalka en pleno baile en el Palacio añorando a sus hermanas y nosotros la torta ahogada y los frijolitos refritos como los de Tepa.

Pero ahí vamos, sin importarnos nada ni siquiera el sufrimiento y la soledad que no se hacen esperar. Anhelábamos lo nuevo y somos como esa Ninfa que es abandonada y muda de pronto se ahoga de pena, relegada de esa sociedad, quedándose en un rincón, como pollo recién comprado.

Tantas otras conexiones que puede uno hacer mientras veíamos la ópera de Dvorak en la versión del MET, oscura y anacrónica, sobre todo si la contrastamos con la versión que hemos colocado en la crestomatía en la conferencia que ofrece Sergio Vela con esos fragmentos que vemos en la versión de la Ópera de Paris de 2009 con una escenografía luminosa, minimalista, con unos espacios estilo Barragán como son las recámaras dobles (juego de espejos) donde pasea Rusalka despechada por el Príncipe frente a la Princesa extranjera que seduce al Príncipe. Las dos caminan como si se vieran  espejo. Luego viene la coreografía del baile en el palacio que contrasta con la del MET que resultó como toda la obra, oscura sobre todo cuando se supone que ese baile es todo lo contrario.

No todo lo que brilla en el MET es oro y en este caso usaron una escenografía de hace una década inmóvil, hecha de una serie de cuadros plásticos que la hace pesada a pesar de ser una obra con una música excelente, como el aria del Canto de la Luna que mejor cerramos los ojos para disfrutar esa melodía encantadora.