Cuando nos caemos a la lona

INFOSEL, jueves 6 de marzo, 2014.
La derrota del príncipe Igor en las estepas del Don.
El sábado pasado anduve por Guadalajara y pude llegar a la sala del teatro Diana en punto de las 11:00 para ver El príncipe Igor la ópera de Borodin que, en principio, iba para ver las danzas polovtsianas, una melodía que recordamos con la película Stranger in Paradise de George Forrest y Robert Wright donde se la fusilaron para hacer la canción tema que los viejos recordamos con claridad pues es pegajosa como la mermelada de naranja.

La sorpresa fue completa: la versión del MET con la producción de Dmitri Tcherniakov hace a un lado el acartonado discurso oficial con todo y sus coros, se olvida de los Popes ortodoxos y la solemnidad de las despedidas y bienvenidas, para ir derecho y no quitarse para llegar al centro de ese noble príncipe de Putivl que perdió la batalla en contra las huestes turcas del Kahn Konchak y por eso, caído en la lona, deprimido o destrozado, se siente culpable del fracaso de su empresa, de la muerte de cientos o de miles de sus súbditos —o empleados en otros casos—, que cayeron en el campo de batalla florido y que, además, dejó el negocio o su principado en manos de un imbécil tirano, como resultó ser su cuñado. Todo esto no lo habíamos visto antes en esas otras producciones acartonadas, tanto, que le teníamos flojera volver a verlas.

Tcherniakov se centra en esos sentimientos que nos pueden agobiar cuando sabemos que nos han tirado en la lona como a este príncipe que se queda atolondrado por los golpes del destino, sin entender bien a bien qué fue lo que pasó y, como cualquiera de nosotros, anda de un lado al otro, con el alma herida y sin perder su verticalidad, sus valores.

La versión es sorpresiva porque nos permitió en verdad, considerar a este hombre que sufre y logra que nos pongamos en su lugar y recordar lo que sentimos cuando nos han tirado a la lona y el trabajo que cuesta recuperarse de haber perdido todo, aunque no hayamos perdido la compostura porque creemos tener unos valores bien puestos como la columna vertebral.

Entonces, cuando salen a bailar las bellas —y, en esta versión, también los bellos polovotsianos—, no pudo el príncipe pensar en otra cosa que en Yaroslavna, su mujer a la que la extraña tanto, como la vida misma. Así, pues, cuando escapa y regresa a su pueblo no se encuentra a un pueblo que reza y lo bendice, sino uno que ha quedado en ruinas incluyendo la moral de su pueblo.


Del fondo de su alma, alcanza a pedirles al resto de los príncipes de “las rus” que se unan y vayan en contra el enemigo “no como lo hizo Igor”, sino con mejores estrategias y mientras, vemos cómo deambula en medio de la destrucción, mientras los coros cantan, pues ha vuelto a tener esperanza y él, con humildad como la que debemos tener cuando estamos derrotados y reconocemos nuestros errores, empieza a recoger el tiradero, arrastrando las vigas de madera como si así tuviera una segunda oportunidad —un sueño guajiro— empezando desde cero, en ese gran final, conmovedor y genial que nos permite conectar con nuestra empatía, como nunca antes nos permitió esta obra del XIX, escrita por el químico Borodin (experto en aldehídos) para acercarnos a esos sentimientos de un hombre que ha sido vencido en un campo de batalla, pero no en la vida, mucho menos en su integridad.