Una vez más, la maldita primavera

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 22 de marzo, 2014.
La fuente donde llegan los pájaros por la mañana.
Es Yuri la que cantaba La maldita primavera y por ahí la escuchamos tal como lo hacía el maestro Eduardo Matos Moctezuma cuando exploraba el Templo Mayor en la ciudad de México uno de esos días de marzo de los 80’s tempranos cuando nos invitaba para que conociéramos a la recién descubierta diosa Coyolxauhqui, una piedra fenomenal con la diosa desmembrada, tirada al pie de la pirámide. Él salía a recibirnos cantando de su ronco pecho, enamorado y feliz de la vida, eso de… ahora volverá a mi la maldita primavera, qué importa si para enamorarme pasa sólo una hora, pasa ligera, la maldita primavera, pasa ligera y me hace daño solo a mi...

Desde tiempos inmemorables con la Primavera confirmamos que en esta vida hay ciclos y que esta Estación llega justo cuando surgen flores en el campo y los urbanos observamos  que llegan una vez más los pájaros con sus crías a cantar desde temprano —incluyendo al amigo o la amiga Pavaroti que llega al atardecer— y sí, nos dan ganas de cantar como Eduardo Matos o salir al campo y ver cómo se renuevan las cosas aunque no huela a tierra mojada ni sea tiempo de aguas.

La bella Helena era la diosa de esta estación, era ella la que regresaba —sin importar su rapto— una vez más por los campos floridos de Esparta donde había nacido y crecido y donde fue violada por Teseo en una de sus tantas aventuras. Sí, desde que el hombre tiene memoria vuelve a la vida en esta temporada, sobre todo en esas otras latitudes nórdicas donde han tenido un largo invierno que asociamos con la muerte, con el final de la vida, con los días cortos y las noches largas que parece nunca va a amanecer.

Cuando vemos la excitación de los seres vivos o cuando hablamos de la juventud, siempre nos referimos a la primavera o cuando queremos decir que hay vida, lo hacemos como siempre lo han hecho nuestros antepasados.

Frente a lo efímero, los ciclos: el día deja que a la noche su lugar para que nos acompañe cuando el hombre prefiere soñar y de ser posible a descansar. Las cuatro Estaciones —como las de Vivaldi— con sus tres meses cada una bien cumplidas o como leemos al inicio del Diario de un espectador de Juan Palomar, con sus Atmosféricas como esa de la semana pasada cuando nos informa que «el jardín reporta cuatro apariciones: otras tantas aves del paraíso que miran insistentemente a cada punto cardinal», y así, cada semana nos enteramos de esa lucha que hay en ese jardín que resume el universo en su constante cambio y en su lucha por la sobrevivencia que, como decía Darwin: «todo ser, si cambia de algún modo provechoso entre las complejas y variables condiciones de vida, tendrá una mayor probabilidad de sobrevivir y, de ser así, será naturalmente seleccionado», y así lo entendemos con esa pluma con las que Juan adorna sus alas con las que cada vez toma más altura.

«Spring, sprang, sprung», decía la tía Luisita cada vez que quería decirnos lo que observaba de la Primavera, como si declinara un verbo en inglés que pasaba a ser alemán, como si la Primavera fuese la fuente de agua donde brota la vida misma.

Se levanta uno más temprano para prender la fuente y que vengan los pájaros a refrescarse felices, uno tras otro o en familia, papaloteando sus alas extendidas para despertar y así, empezar el día.