viernes, 28 de marzo de 2014

Los cerezos y las primaveras en flor

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 29 de marzo, 2014. 

Hay dos ciudades en donde oficialmente se celebra el florecimiento de los árboles de cerezo y digo que igual se podría celebrar en Guadalajara el de los árboles de la Primavera o el de las Jacarandas. Por lo pronto Tokio y Washington D.C., organizan su Festival de los Cerezos en Flor (marzo 23 a abril 7) y lo celebran con enjundia este suceso al inicio de la primavera que se ha convertido en un espectáculo para sus habitantes y para el turismo que festejan a la Naturaleza en acción. Pienso que si en Guadalajara hubiese algún parque o si sembraran esos árboles dorados en alguna de esas avenidas, como las que hay en Providencia, valdría la pena ir durante esta época sólo para disfrutar esa floración despampanante y celebrar la belleza de las doradas Primaveras que nos deslumbran y nos dejan boquiabiertos cada vez que las hemos visto por ahí y por allá solitarias como la que vi un día rumbo a Santa Anita.

La directora de cine Doris Dörrie aprovechó ese rito para hacer su película Cerezos en flor (2008), la historia de un alemán en Japón en donde nos enteramos cómo es que la gente reserva dormir bajo uno de los cerezos para ver, al amanecer, que se abran sus pétalos a la salida del Sol.

Es una historia de amor narrada con calma, para que no nos duela tanto y gritemos de golpe y porrazo, es una historia extraña de un viejo alemán, Rudi Angermeierm que viudo, decide ir a Japón después de la muerte de su esposa Trudi que, por alguna razón, se conectó con la cultura japonesa, bailaba Buto y soñaba ir un día a ese país, cosa que nunca pudo hacer. Por eso, el viudo decide viajar a Tokio para encontrarse con una ciudad enajenante en donde no entiende nada de nada y, por más que se esfuerza, no puede imaginarse dónde está ese espíritu con el cual su mujer se había compenetrado.

Cada día la extraña más hasta que, finalmente, encuentra la manera de entender eso que su mujer había vivido a través de una joven llamada Yu, una bailarina de Buto y homeless que bailaba todo el día bajo los cerezos en flor y, al hacerlo, estaba con su sombra y sus muertos. Ella es la que acompaña a Rudi a la montaña hasta encontrar la sombra de su esposa, disfrutar del Hanami, es decir, la floración de los cerezos y bailar en las faldas de la montaña nevada del Fuji —que tanto admiraba su mujer—, para que se dé una metamorfosis e imaginar que él es su mujer la que está bailando bajo las flores del cerezo en donde se mueve igual que ellas por el viento y hacerlo hasta el amanecer frente a esa montaña nevada que de repente se refleja en el lago y ella o él vestidos de blanco llegan a ser lo mismo.

Ceremonias al inicio de la Primavera, ritos que nos permiten recordar los ciclos de la vida, acercándonos, como pocas veces lo hacemos, sobre todo, los que vivimos en la metrópolis, agobiados por el trabajo, el tráfico y el ir y venir de un lado para el otro sin darle importancia a la floración de los árboles que cada año nos regalan su belleza como sucede con las Jacarandas y sus flores azul plumbago que luego alfombran el piso o la terraza o la blancura impresionante de los cerezos o el amarillo dorado de las Primaveras.