viernes, 14 de marzo de 2014

Werther y la exaltación de la Naturaleza

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 15 de marzo, 2014.


No todos han sido víctimas del romanticismo en su esencia, es decir, en la exaltación que se puede tener por la madre Naturaleza y por la posibilidad de poder expresar públicamente de los sentimientos, incluyendo el llanto cuando algo nos conmueve como la nostalgia de Cinema Paradiso o la felicidad al ver a una de esas jovencitas ganar su medalla de oro en las Olimpíadas.

Ahora es Werther el culpable de remover este tema y relacionarlo con lo que vivimos en la adolescencia, entre otras cosas porque se bailaba de otra manera: había tandas, piezas de música que variaban de ritmo y en donde había que sacar a bailar a la escogida en esa ocasión y de ser posible bailar de cachetito si es que lográbamos evitar la defensa de su parte con el brazo en el hombro; en cada tanda uno hacía un plan de ataque: “ahora sí la saco a bailar aunque me tiemblen las piernas”, decíamos para darnos valor y así salíamos disparados al escuchar los primeros acordes en busca de la mujer que nos gustaba. Alguien más se nos adelantaba o nos rechazaban porque no querían con nosotros y no quedaba otra que regresar al bar para evadir la realidad y tomar valor para seguir en la lucha. Por eso, aprendimos que en esta vida nos pueden rechazar y no por eso dejamos de bailar, pues sabemos que hay más flores en el campo de batalla.

En cambio, el joven Werther nunca pudo con el rechazo por más claro e inevitable que fue desde que acompañó a Charlotte a un baile, como sucede en el Primer Cuadro de la ópera Werther de Jules Massenet que hoy sábado a las 11:00 de la mañana se transmite desde el MET de Nueva York a todo el mundo, incluyendo el teatro Diana en Guadalajara.

Werther siente el vínculo con la Naturaleza y sabe que nuestra existencia está en nuestra imaginaria, nos dice Sergio Vela en su Conferencia sobre esta ópera y, con esto, la empatía empieza a sacudirnos el esqueleto recordando cómo compartimos con él cuando canta el aria que empieza Naturaleza, llena de gracia, como si empezara una oración, parecida a las que hice aquella vez que quería descubrir la razón de ser en esta vida y me fui con mi Vespa a las playas de Tenacatita —vírgenes (las playas y su servidor)—, para estar solo y mi alma durante tres días y sus noches hasta que empecé a hablar solo y pensé que era hora de regresar. En cuanto anochecía me tendía sobre la arena para ver el cielo majestuoso, infinito, claridoso con esa Venus brillante como el arete que colgaba del rostro de la blanca Luna que me acompañaba toda la  noche.

Me despertaban los perros de un ranchero que pasaba por ahí y al abrir los ojos, no podía creer en esa belleza con sus azules del cielo y del agua pálidos y macilentos antes que el Sol deslumbrara. Los delfines jugaban por la orilla y yo gritaba de felicidad. Había descubierto tener más grados de libertad.

Era todo un romántico, sí, disfruté de la Naturaleza y aprendí a ser rechazado: siempre hay alguien más en esta vida con la que podía bailar y no como Werther que había llegado a un callejón sin salida. En su época causó sensación y los jóvenes se vestían como él y acabaron suicidándose: era el “síndrome Werther”.