Atrapar la magia del mundo

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 4 de abril, 2014.
De la serie Crónica de viaje I de Crsitina Kahlo.

«Marco sabía contar, porque era capaz de ver. Pasaba mirando, como todos, pero su mirada era una red inmensa. Cuando la retiraba, venía llena de peces deslumbrantes: había visto lo que los otros sólo miraban. Atrapaba ‘lo que la realidad tiene de fabuloso’, la magia del mundo. Su pupila zahorí no necesitaba de la fabulación, porque estaba en él la condición prima del poeta: miraba traspasando la epidermis del mundo y veía ‘el fondo invisible sobre el que reposa todo lo visible’», esto lo escribió el cubano Félix Pita Rodríguez en su Elogio a Marco Polo, un texto que se me vino a la cabeza desde el momento en que entré a la Galería de Patricia Conde en La Fontaine 73 en ese Polanco con calles hechas unas zanjas como si lo hubiesen bombardeado.

Pero todo se olvida en el momento de traspasar la puerta de vidrio y ver, en primera instancia, las cinco fotografías que forman Crónica de viaje I, esa serie de marinas vistas desde una ventana ovalada oteando el horizonte como seguramente lo hizo muchas veces Marco Polo desde el amanecer y hasta el anochecer para meditar sobre eso que luego le narró al escribano Rustichello de Pisa a quien le debemos que sigan vivas ese millón de historias que anotó estando prisioneros en Génova mientras dejaba que brotaran las cosas del fondo invisible, como las ve en estos tiempos la fotógrafa Cristina Kahlo que luego nos cuenta sus historias en Marco Polo es metáfora donde vemos diferentes puntos de su viaje que es como la vida entre Constelaciones y mapas celestes del horizonte marino.

«¿Son los ojos los que cambian, o es el paisaje quien lo hace? ¿Los ojos, o lo que ellos contemplan, lo que se erosiona, se desgasta y transforma? Toda la ciencia poética, la que más hondo cala en el hombre es inútil para tener una respuesta». Eso mismo nos preguntamos mientras vemos los retratos que creemos no pertenecen a esta metáfora hasta que nos damos cuenta que es el detalle de la geometría la que justifica al navegante veneciano.

Luego, la caja del Rey iluminado otro regalo que nos ofrece Cristina y que nos hace pensar, junto con Pita Rodríguez: «¿Cómo verían los ojos de Marco Polo a su Venecia, aquel día del año de gracia de 1295, cuando descendió de la galera que le traía de Negroponte en compañía de Nicolo y Matteo? Un cuarto de siglo —y el más lleno de caminos, de hazañas, de gentes y paisajes que hombre alguno viviera—, se interponía en turbamulta alucinante entre aquel hombre maduro que acababa de saltar al muelle y el adolescente de diecisiete años que viera perderse a Venecia en el horizonte, desde la popa de una galera, un día cualquiera de 1271.»

El viaje como metáfora de la vida, como el de Ulises de Homero y de Joyce; o el de Eneas y Marco Polo o Cristóbal Colón que cargaba su ejemplar del Libro de las Maravillas del mundodetto Il Millione— por todos lados, donde se pueden ver las anotaciones que hizo al margen mientras descubría el Nuevo Mundo.

Como buen Rustichello, nos sentimos arrastrados por la avalancha fascinadora con la que Cristina logra conectarnos con las historias de Marco Polo —que son las nuestras—, para salir al mundo y verlo de manera diferente: como una fabulosa realidad.

«Nunca antes los ojos de un hombre con un resplandor atónito así» cuando lo escuchaba Rustichello y arrastraba la pluma para que no se le fuera nada de lo que iba narrando, sin importar que llevaba catorce años, minuto tras minuto, suspirando por la libertad y si ahora vinieran para anunciarle que estaba libre, se negaría a salir, para no dejar de lo que le cuenta Marco Polo —como dice Félix Pita Rodríguez en su Elogio ese que, como el ejemplar de Colón, ha dado vueltas por el mundo en una copia de galeras porque un día pensé que lo podía publicar.