martes, 15 de abril de 2014

Ave verum corpus y una experiencia mística

INFOSEL y EL INFORMADOR de Guadalajara.

Capilla del Convento de las Capuchinas Sacramentarias.
 Cuando estaba leyendo la vida y obra de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), de pronto, el autor aseguraba que la joya de la corona de este compositor es el Ave verum corpus K. 618 (Salve el cuerpo verdadero), un motete compuesto en abril de 1791 después de haberse encontrado con el maestro Anton Stoll, director del coro de la parroquia de Baden-Baden, a quien le entrega lo que había escrito ese fin de semana que había ido a visitar a Constanza su mujer, instalada en esa ciudad spa con los famosos baños de lodo como los que ahí ofrecen.

El mes de abril de ese año coincidió, como ahora, con la Semana Santa por eso, este motete trata sobre Cristo crucificado, antes de expirar. Es una obra que dura poco más de cuatro minutos y con eso tiene para mostrar su fuerza brutal envuelta en una especie de inocencia que abarca todo ese arco iris que va de la vida a la muerte, como sucede en esta pieza musical única porque tiene, además, la capacidad de expresar justo el momento cuando expira Jesucristo, tal vez un compás al final con el silencio absoluto.

Es un himno eucarístico del siglo XIV que se le atribuye al Papa Inocencio VI en donde lo que dicen, según la versión coloquial de Bernardo Ávalos es esto: Cuerpo verdaderamente dado a luz por la Virgen María, ¡buenos días! (ave: saludo matinal) Cuerpo que de hecho padeciera y fuera inmolado en la cruz por el hombre, y cuyo costado perforado —del que fluyera agua con sangre— nos es dado degustar en la prueba de la muerte. ¡Oh dulce Jesús, oh obediente al Padre (pius) Jesús, oh Jesús hijo de María!

Su fuerza la puede comprobar ese día que celebrando una misa por el aniversario del fallecimiento del arquitecto Luis Barragán (1902-1988) en la capilla del Convento de las Capuchinas Sacramentarias en Tlalpan, misa que diseñó el arquitecto en donde escuchamos al coro con este motete. Varios de los que estábamos en primera fila —pensé que era el único— sin podernos contener, empezamos a llorar sin saber cómo o por qué se había abierto esa válvula de esto que creo fue una experiencia mística.

Tiempo después le comenté esto a Mario Lavista, compositor y amigo quien me dijo que lo entendía perfecto: la combinación entre la música y el espacio puede extrapolar las emociones sobre todo, si el tema tiene que ver con el paso entre la vida y la muerte. Entonces, la combinación espacio-música provocó esta experiencia —como en la edad Media con el canto gregoriano en los oscuros monasterios— y afloran las emociones contenidas, como las que podemos experimentar en la vida tan cercanas a la espiritualidad.

Algo parecido sucede con la Misa de Réquiem, K. 626 —la última de sus composiciones y sólo ocho más después del Ave verum corpus—, una obra que produce experiencias cercana al misticismo, pues sabemos el trabajo que cuesta aceptar la soledad y la muerte sobre todo si sabemos, como Hamlet antes de expirar que lo demás es silencio.

Mozart en ese Requiem expresa su deseo para ser aceptado en el reino de Dios y pide que le den el reposo eterno… Réquiem aeternam dona eis, Domine a ver si logra ver lo que los ojos nunca han visto, ni los oídos escuchado.


Cuando el Réquiem llega a la Ira divina  Dies irae—, antes del perdón, nos da pavor escuchar la versión de Mozart que, alucinando por el fantasma que le exigía la terminación de esa obra porque "el tiempo se acababa”, decide que, después de la Ira vendría la entrada triunfal en donde, paradójicamente es la calidad de efímero lo que nos permite apreciar más las cosas y las personas en esta vida, antes de que llegue la Lux aeterna con la que termina este Réquiem y que nosotros nos vayamos a nuestra casa con todo esto que imaginamos que es parte del viaje que hacemos entre los vericuetos de este mundo.