jueves, 10 de abril de 2014

De morado o el sol de la playa

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 12 de abril, 2014.
Bahía Banderas en Nayarit.
Bar de Morado se llamaba ese que estaba o está en lo que es ahora la Terminal No. 1 del aeropuerto de la ciudad de México y es uno de esos nombres que no se olvidan, producto del ingenio creativo. Pero también es el color —y perdón por esta asociación de ideas que surgen al inicio del desarrollo de una idea que no puede dejar de escribir porque sé que el inconsciente es una poderosa herramienta que alimenta lo que tratamos de contar—, que asociamos con la Semana Santa que sabemos tiene dos caras y es la misma moneda: por un lado las vacaciones y, por supuesto, la salida del aeropuerto congestionado por el turismo cuando los vuelos se “demoran” y por eso —¡ya caigo!—, estaba la conexión que al inicio parecía absurda pero que contrasta con la otra cara de esta semana: la costumbre y los ritos religiosos cuando hay que guardar luto, rezar y hacer la visita de las siete casas o iglesias como es el vía crucis con las imágenes cubiertas de morado en señal de duelo, como ese tormento al que nos sometían mis tías cuando a mi padre se le ocurría llevarnos a su tierra en Tepatitlán en estas fechas que no nos gustaba nada pues preferíamos el mar, el sol y la playa que el luto morado, el rezo y el luto por la muerte.

Qué bueno que cada quien decide sus costumbres y ritos pues son dos caras que están al mismo tiempo en estos días cuando se antoja descansar de la rutina, tomar el avión —aunque se demore el vuelo— y hagamos escala en el bar porque a fin de cuentas ¡ya estamos de vacaciones!, o mejor la decisión de guardar luto y tratar de digerir la muerte con ‘M’ mayúscula.

Dos actitudes diferentes en donde cada quien es libre de adoptar la que quiera y que, en este país, tenemos la absoluta libertad que es todo lo que necesitamos para poder respirar profundo como lo hacían mis tías Raquel y Anita que eran —es un decir—, felices en Tepa durante la Semana Santa cuando su actividad aumentaba, los rezos se multiplicaban y el cura Reynoso iba y venía entre los rebozos, los sombreros de los rancheros y el olor a incienso que impregnaba los vestidos negros que usaron mis tías toda su vida desde que había muerto su madre, una joven alteña que casaron con mi abuelo para vivir en una casa que está a espaldas de la Parroquia que durante esta semana la cubrían toda de morado. Prohibido oír el radio (no había televisión), ni algo que se asemejara a la vida y al sol. Todo tenía que ser, como lo recuerdo en la infancia, doloso, serio, solemne, como la muerte misma hasta el vuelo de las moscas que, con el calorón, pululaban de uno al otro lado.

Decisiones que contrastan: días de morado o días que íbamos al mar y pasar dos semanas en las Olas Altas de Manzanillo capoteándolas como una reacción frente a la muerte y el luto, evadiendo ese tema con el Sol y por las noches con la Luna hasta que llegaba el Sábado de Gloria cuando pasábamos de la oscuridad a la luz, cuando ya podíamos volver a bailar y disfrutar de todo lo que nos rodeaba, incluyendo las lunadas cuando nos recostábamos en las piernas de la novia mientras la piel tostada brillaba como si hubiéramos vuelto a la vida.