jueves, 3 de abril de 2014

Un grado más de libertad

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 5 de abril, 2014.


«Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día» —decía Octavio Paz— mientras ejercía a fondo lo que consideraba un problema existencial como es la libertad, pues «hay libertad cada vez que hay un hombre libre, cada vez que un hombre se atreve a decir No al poder. No nacemos libres; la libertad es una conquista —y más, una invención.»

Hace una semana estuve en el aquelarre de poetas en homenaje a Octavio Paz en el Palacio de Bellas Artes, un acto que fue dirigido por Tony Castro en donde escuchamos las voces de los poetas del mundo como la del nigeriano Wole Soyinka que hizo llover esa tarde como lo acostumbra hacer en África; la del Tigre en su casa de Eduardo Lizalde; la Curva de Valerio Magrelli; la semblanza de la uruguaya Ida Vitale; y de Lasse Söderberg y el esqueleto de este poeta con tan buen humor; Charles Simic y Shelley y Derek Walcott, el Nobel de Literatura, originario de la isla de Santa Lucia en el caribe y sus Juncos de mar.

Fueron voces que cantaron en su idioma que señalaron asuntos que tiene que ver con la libertad y con las angustias de la vida y de la muerte, de los sueños y la realidad o para colocar el dedo en la llaga dónde nos hemos equivocado para tener una segunda oportunidad.

Hace años, cuando mis amigos tapatíos me preguntaban por qué me había venido a vivir a la ciudad de México les decía que era por ganar grados de libertad como esos que gané cuando tuve mi primera bicicleta y sabía que se abrían las puertas del mundo.

Recordaron al poeta de La llama doble, esa obra que tanto me emociono al descubrir junto con Paz que «el fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor, la llama doble de la vida», como lo recordé ese domingo del Ramadán de Paz —como decía Tony de estos eventos en el Palacio de Bellas Artes.

Los jóvenes irredentos decían cuando el poeta vivía que «la cultura descansa en Paz» sí —les contestaba—, y cuando haya un poeta y escritor de su generación que tenga la visión y profundidad que la de Octavio Paz me avisan para saber dónde podría descansar en nuestros días. Paz fue un guía que nos ofrecía un panorama de hechos y sucesos que, para algunos se nos atascan en las redes hasta que él llegaba y lo aclaraba puntualmente.

Lo conocí y le tuve mucho respeto como el que me enseñó mi padre de Tepatitlán: reverente, hablándole de usted y con cierta timidez, un día me equivoqué un día que no lo invité a la casa en Tlalpan por temor a molestarlo con la lejanía. Luego supe que lo había reclamado.

Ahora lo extrañamos. No hay nadie como él que ate los cabos sueltos del caos en el que el mundo se encuentra inmerso. El se subía al balcón —como lo hacía Julieta— para otear el horizonte y ver, desde ahí, las cosas de otra manera y preguntarse qué hay detrás de un nombre y si la rosa se llamara de otra manera… ¿seguiría siendo una rosa? hasta que Gertrude Stein nos contestó desde su buhardilla en París y dijo que A rose is a rose, is a rose is a rose…