Inspiración y ritmo en la Suite flamenca

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 31 de mayo, 2014.


Agua va, agua va… y agua viene, escuchamos que cantan en la Suite Flamenca de Antonio Gades (TV Film&Arts). Imagino que los ochocientos años que los árabes dominaron en el sur de España, cuando convivían en paz tres religiones y su gente cantaban esas canciones que parecen alargan la pena con gritos templados se fue gestando lo que ahora conocemos como el cante hondo y el baile flamenco que lo acompaña, donde esos ritmos, estoy seguro que son parte de nuestro ser, tal como lo sentimos cuando veíamos en Sevilla a los jóvenes así nomás, palmeando en los parques floridos por el gusto de contrapuntear sus ritmos imaginando todo eso que esconde el grito que nada dice pero que viene a cuento cuando oímos ay-liri-liri-liri-lirí… liri-liri y las caderas de las bailarinas se mueven con tanta gracia que enseñan pero no muestran, ya sean sus deseos o sus frustraciones o el coraje como el que expresan cuando taconean y cierran los brazos y piernas en un final de escena.

Antonio Gades revela la historia de estos bailes y sus distintas formas de expresión como es por soleá o los tangos, la farruca, las bulerías y las rumbas que son los números que componen esta Suite que cubre la historia de la danza flamenca de una manera sorprendente, en una obra que ha sido catalogada en sus inicios como vanguardista y que ahora es un referente obligado del arte flamenco actual con todo y sus palmas y zapateados, como el que despliegan los bailarines plenos de masculinidad y, ellas, su propia feminidad abundante, sobre todo cuando se levantan la falda para jugar con ella sacudiéndola y sugiriendo lo que desean sugerir y según su humor, atacar o retirarse, rechazar o atraer antes de volver a atacar para aceptar con su cuerpo ligero al otro mientras mueven las caderas a un ritmo voluptuoso y se desarrolla entre los quejido del cantaor y las cuerdas de las guitarras como si así recordáramos la arena del desierto ansiando llegar a casa para estar con la mujer y escuchar desde La Alhambra el fluir del agua y el canto de los pájaros.

Las bailarinas tienen cuerpos sólidos y bailan de punta y talón como si fuera una sola cosa y, al hacerlo, marcan lo que ellas ofrecen o rechazan, simulan o sugieren entre sus deseos y el placer de conseguirlo y hasta parece que piden paz para volver a declarar la guerra.

Todo es armonía entre los veinte bailarines que hacen lo mismo al mismo tiempo. En otros números, ellas recuerdan a los toreros antes de palmear de felicidad e integrarse al grupo, dejando en claro que esta danza es como la sublimada primavera de la vida, cuando los cuerpos se atraen y cantan desde la lejanía con esos cantos que nos dicen algo y no nos dicen nada pero que a veces hablan de la luna o de la bella judía, como en esa petenera que todavía recuerdo desde hace tanto tiempo: ¿dónde vas bella judía, tan compuesta y a deshora? y antes de saber a dónde iba, la vemos cruzar por el escenario moviéndose como sabe hacerlo.

Las palmas en la Suite Flamenca inician la fiesta y así cantan y bailan por bulerías o por tientos y entre la letra y los ritmos nos impele a subirnos al tablado y bailar con esas mujeres por el gusto de quien ha regresado del desierto, ávido de sombra y ganas de estar sólo con ella.