Volver a visitar Chapala

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de mayo, 2014.
Villa Niza diseñada y fotografiada por Guillermo de Alba en 1919.
El pasado fin de semana lo pasamos a la orilla del lago de Chapala —que no es ninguna novedad para los tapatíos, pero sí lo es para los que vivimos en la ciudad de México. Me dio la impresión de haber estado en algún rincón del paraíso en donde los recuerdos se agolpaban uno tras otro, entre los míos, los de mi madre y los de mis abuelos. El mar Chapálico estaba en calma chicha antes de la tormenta —como dicen que lo está después de ella—, mientras buscaba el efecto mirage cuando una parte del agua refleja todas los objetos y se conserva tranquila, mientras que otra está agitada; veía a las garzas que refrescan sus largas patas y a un pescador iluso que se metía hasta la cintura con la tarraya al brazo, listo para sacar con suerte algunos charales antes de la puesta del Sol que esa tarde la perdimos entre la bruma, sin que se declarara la lluvia como la que cae en tiempo de  aguas que hace que retumbe en su centro la tierra.


En un rincón del paraíso, soñando para disfrutar y digerir las cosas en el tiempo desde que andaba descalzo por el pueblo, como quería mi madre para que se me apaciguaran las anginas y no tener que operarlas; o como adolescente, soñando con el amor que creía estaba por ahí, pero que, en ese tiempo, no fue correspondido, sin saber que ese era en realidad el amor platónico que es eterno porque todo queda en los deseos y las posibilidades y nunca se convierte en tragedia; esperamos que saliera la Luna por Tizapán, como dice la canción, recordando a doña Concha Urrea que aceptaba que sus hijos invitaran todo el verano a veinte o más adolescentes entre ellos y ellas y que así nos daba de comer y de beber sin que se notara esfuerzo alguno, durmiendo felices en los catres, escuchando serenatas que le llevaban a Susana o a una de sus amigas y esperando con ansias que amaneciera para volver a ver a nuestros amores con esa flor de jacalosúchil entreverada en el pelo o a la francesa invitada por las Marseille que se llamaba Florence Doré, antes de navegar con ella detrás en un deslizador hasta la isla de los Alacranes y no poder más del cansancio y de la felicidad.

Los recuerdos volátiles se aparecieron en ese espacio claro, honesto, bien hecho, como lo hace la gente que le gusta compartir su jardín y que lo tiene a su cuidado haciendo trasplantes para ver cómo adorna y combina el color de las flores con los frutos, como los aguacates, limones, limas, duraznos o guamúchiles además de colocar a las trepadoras para que hagan su promenade.

Días de calor y de paz que nos permite estar con uno mismo en las encrucijadas de la vida para que podamos decir con Amado Nervo: 

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. 
¡Vida, nada me debes! ¡Vida estamos en paz!

Volver a Chapala es volver al pasado y también al presente mientras vemos al lago tan cerca de mis ojos y también de mi vida. Sí, me acordé de mi madre y su feliz infancia en Chapala, descalza, jugando en la arena y luego, más crecidita, cuando lo encontró cuando «salió de el agua con sus ojos verdes con chispas doradas y chorreando miel», tal como nos contaba su romance con el hombre de Tepa una y otra vez.