jueves, 12 de junio de 2014

La angustia de perder la libertad

México D.F. a sábado 16 de junio, 2014.— 
Sibyla y el Desconocido. Fotografía de Héctor Cruz.
Si procuras hacerla dichosa, ¿por qué la tienes cautiva en una torre? ¡Mi hija, ay de mí, está enterrada viva!, esto es lo que escuchamos cuando la reina Gudula se queja con su esposo, el rey Galaor y, a partir de ese momento nos entra una angustia que la queremos compartir con todos aquellos que alguna vez la hayan perdido, pues al ver (o leer) esta obra, podemos volver a darle el valor que tiene eso que es hacer nuestra voluntad y, por lo tanto, estar vivos.

El Rey Galaor es una obra simbolista del portugués Eugenio de Castro (1869-1944) traducida, en una versión libre (no podía ser de otra manera), por José Juan Tablada (o de Juan González Olmedilla, como es este texto que podemos leer en línea gracias a la Universidad del Norte de Carolina en Chapel Hill    https://archive.org/details/elreygalaorpoema00cast/) que ha escogido Ximena Sánchez de la Cruz para que sea su primera obra de teatro que dirige en una puesta en escena experimental en un espacio alternativo, obra que hasta ahora no la puedo olvidar. Por eso la comparto esta modesta y breve crónica que inicia con un sofisma en donde Galaor justifica su amor desmesurado con una a sobreprotección que lo lleva a encerrar a la princesa Sibyla, ¡oh paradoja!, para que no sufra en este mundo.

Quiénes son las Sybilas que no puedan andar por el mundo haciendo su voluntad: ¿los ignorantes? ¿Los habitantes de esos gobiernos totalitarios? ¿Las hijas de esos padres posesivos como los hay en las rancherías de los Altos de Jalisco o en la sierra Mixteca o en los países islámicos? ¿Esas criaturas sobreprotegidas por sus padres para que no sufran? El encierro, la falta de libertad, la cárcel y las limitaciones impuestas por una sociedad, hacen vigente esta obra con todo el simbolismo que podemos disfrutar. El texto en sensacional y la actuación también.

La angustia, la crueldad de esos que nos privan de libertad, la verborrea con la que justifican hacerlo, los sofismas implícitos en su retórica nos hacen recordar cómo es que la libertad implica dualidades: triunfos y derrotas, éxitos y fracasos, lágrimas y risas, que son parte de la vida y si nos hacen falta, podríamos morir de inanición.

Si quieres ver la vida, entonces contempla el mar, Gudula. Abre tus ojos, mira: allá, la mar simula un choque de gigantes salvando las rompientes, a las primeras olas derriban las siguientes; gimen de pesar llenas, silban rebelionadas, cambian besos y flores, blanden finas espadas… en la áurea playa mueren deshechas en espuma! Cada alma es una ola: se yergue altivamente para llegar al cielo y en el cielo esplendente conquistar vanidosa un esplendente nido… y luego se derrumba; su anhelo un sueño ha sido! y el alma cae y gime con dolorido canto: cada alma es una ola y el mundo un mar de llanto! —le dice Galaor a su esposa. Y por eso, encierra a su hija y la deja ciega para que no vea ni siquiera las olas del mar. Pero llega el Desconocido que vence al dragón mientras duerme una siesta.

«Es una tragedia digna de colocarse, por la grandeza de su concepción, por la honda filosofía de sus imágenes, por la clarividente pintura de sus personajes, por la poesía –tierna, a veces, y a veces, exaltada– de sus parlamentos, al lado del Rey Lear del inmenso dramaturgo inglés» —afirma Juan González Olmedilla y no podemos más que estar de acuerdo.