No todo brillaba en la Edad de oro

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 28 de junio, 2014.— 
Coronación de Carlos V en Bolonia.
El título en el original de Hugh Thomas es The Golden Age. The Spanish Empire of Carlos V sus traductores, Carmen Martínez y Jesús Cuéllar o los editores de Crítica o Planeta decidieron llamarle El Imperio Español de Carlos V y la conquista de América dándole más relevancia a la conquista que al inicio de esa Edad llamada de oro desde su inicio con el reinado de Carlos V (1500-1558) seguido por su apogeo en la época de Cervantes y durante los reinados de Felipe II (1527-1598) y Felipe III (1568-1621) hasta que entró en decadencia con Felipe IV (1605-1665).

Así le llamaron a esta época cuando los españoles se aventuraron para explotar las minas de oro en la Nueva España, al tiempo que se desarrollaron las letras y se afianzaba el poder de un Carlos I de España o Carlos V, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. De todas formas Hugh Thomas nos muestra que no todo en esa edad de oro brillaba y tal vez hablaban de oro para esconder la corrupción, la brutalidad, el comercio de esclavos, las matazones de indios y la Santa Inquisición, junto con toda clase de artimañas de esos miles de españoles que cada año emigraron a la Nueva España para aprovechar las aguas turbias y obtener sus ganancias a como diera lugar.

La visión y el detalle que nos ofrece Hugh Thomas en este libro nos puede hacer pensar en su labor titánica de documentación y la narración de tantas peripecias a los ancho y lo largo de este Continente después de la conquista de Hernán Cortés (1485-1547) en 1521, hasta el ocaso del Carlos V en 1558. Con ese texto pudimos entender e imaginar la vida cortesana al filo de la navaja que sabíamos dependía del fruncido del ceño del Rey que, a su vez, se consumía por el veneno de la adulación mientras que veían de qué manera enriquecerse más y hacer un mayor uso de su poder llamándole a su señor, “el rey de todo el mundo” —como la canción— tal como se consideraba el territorio conquistado desde  la Gran Tenochtitlán rumbo a Centroamérica y el Perú más allá de lo que hombre alguno podría imaginarse podía gobernar.

Van surgiendo nombres conocidos, uno tras otro, entrelazados por matrimonios o por la astucia o por esas sociedades para comerciar esclavos que iban y venían de las islas del Caribe al Continente.

También nos enteramos, brevemente, de los finales trágicos de varios de los conquistadores que se jugaron el todo por el todo en estas nuevas tierras pero que acabaron encerrados en unas celdas apestosas, acusados por la envidia de aquellos que se quedaron en España y que nunca conocieron las glorias y la riqueza del Nuevo Mundo.

A finales del siglo XVI nació Ruiz de Alarcón (1580-1639) en la Nueva España para luego trabajar y  escribir sus obras de teatro. Era un hombre de estas tierras y por eso, entre otras cosas, sus personajes eran de este mundo y expresaban un claro sentimiento por la dignidad humana y un amor viril por la sinceridad y la razón —como lo expresa Alfonso Reyes en la Introducción de sus obras completas (FCE)—, sin duda el haber crecido aquí tuvo un sello inconfundible que ahora entiende uno más con la obra de Hugh Thomas que nos remitió a esa edad en donde no todo lo que brillaba era de oro.