Venus en los territorios de piel

INFOSEL, México D.F., a jueves 5 de junio, 2014.-
Venus.
¿De qué manera podemos elaborar la angustia que se nos puede trepar por miedo a la enfermedad, a la mutilación y a la mortalidad? Fue Alain de Botton a quien se le ocurrió que el arte puede ser terapéutico y nos puede ayudar a elaborar este tipo de situaciones como es el caso si vamos a ver las piezas de los Territorios de piel, la obra de María José Lavín que está expuesta en el Museo José Luis Cuevas (Academia 13) en el corazón del Centro Histórico de la ciudad de México.

Cuando Venus le pregunta a Adonis «¿qué es tu cuerpo, sino una tumba devoradora que aparenta sepultar la posteridad?», pensamos en esa diosa Venus, la modelo de la artista pero ahora después de todas las batallas donde ha sido herida como observamos mientras vemos, embelesados por la dualidad provocada por la idea de la belleza universal de la eterna de Venus ahora expuesta por María José en unas obras de arte que muestran al cuerpo que una vez fue incólume y bello, ahora en recuperación donde sentimos la presencia de la «tumba devoradora», justo antes que acabe con la piel o la epidermis, como María José desahoga en todas las formas posibles, esos dolores que son nuestros, pero que guardamos en el fondo del alma, recortando la piel como filigrana para luego convertirla en cerámica de alta temperatura o en sus esculturas de barro o en esas otras hechas con vendas enyesadas para cubrir cuerpos vacíos, cosidos burdamente en algún hospital imaginario en donde sabemos que se acabó «el misterioso germen del orgullo y el de la esperanza, destruidas —como Venus—, en su lucha», tal como nos narran la historia de esa diosa que nadó a contra corriente con el que pudo pero no quiso ser su amante y, por eso fue devorado en una cacería «feroz del jabalí, del oso brutal o del orgulloso león»,  como lo describe el poeta.

Por todo esto, hay un momento en que vemos a Venus que va «por las mil angustias a mil lugares; pisa los senderos que ya había recorrido y su premura, más que rápida, alterna con detenciones…» en esos caminos de la vida donde Mari muestra cuando se detiene, en su obra trabajada en su taller o en Oaxaca mostrándonos cómo ha logrado sublimar su dolor y extinguir su belleza «con su aliento», para que nosotros soñemos con la diosa Venus cuando «su belleza habría añadido brillo a la rosa y perfume a la violeta», ahora convertida en la pesadilla.

En todas sus obras localiza «el sitio del placer por antonomasia» que vemos en su marca rigurosa tanto en las obras vendadas como en las que muestra sutilmente en unas piezas minimalistas como en ese mural construido por una matriz de cuerpos blancos de frente o vuelta, para que reconozcamos la marca sutil y la rajita de canela, la alcancía a pesar que ella asegura que «la Venus de hoy… nos debe dar la sensación de volatilidad.»

José Gorostiza habla de la piel como ese vaso que nos contiene: «Lleno de mí, sitiado en mi epidermis por un dios inasible que me ahoga… (y es por) el rigor del vaso que la aclara que el agua toma forma. En él se asienta, ahonda y edifica, cumple la edad amarga de silencios y un reposo gentil de muerte niña…» Luego vemos cómo María José, escribe y dibuja en la envoltura de sus cuerpos vacíos, sus grafitis o calaveras como si fuera una obra dentro de la otra, para confirmar así su mensaje.

En los Territorios de piel vemos el castigo, la mutilación y las heridas cubiertas en unas obras bellas y femeninas como imaginamos a Venus y, al mismo tiempo, nos recuerda cómo es que somos ángeles caídos que tuvimos otro tiempo como cuando vimos a Venus bañarse en medio del bosque con sus senos frondosos caminando sin pisar la tierra, moviendo su cadera cadenciosa «tal vez —como dice Gorostiza—, (con) esta oquedad que nos estrecha en islas de monólogos sin ecos... (que eran) como un seno habitado por la dicha», y así, vemos las dos caras de la medalla y respiramos para que no nos agarre la angustia de recordar aquellas primaveras y campos floridos y que ahora, no somos más que esos pacientes en recuperación, cubiertas las heridas con vendas aunque Venus asegure que «el amor tiene dos lenguas, y nunca mujer alguna ha podido usarlas sin el ingenio de diez mujeres» y con eso, ahora que hemos terminado de recorrer los Territorios de piel nos quedamos con sus oquedades que nos estrechan sólo para confirmar que la respuesta está en la belleza de lo efímero.