viernes, 4 de julio de 2014

Otras miradas y vivencias

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 5 de julio, 2014.— 
La sala conectada al jardín de la casa de Luis Barragán.
A partir del miércoles pasado se celebraron los primeros diez años desde que quedó registrada la casa de Luis Barragán en el catálogo de la UNESCO como Patrimonio Moderno de la Humanidad. Para celebrar este evento, Catalina Corcuera, directora de la Casa Luis Barragán, Francisco López del INAH, Nuria Sanz de la UNESCO, Maraki García Zepeda, directora del INBA y Dolores Martínez, directora de Arquitectura también del INBA organizaron tres días de celebraciones con una conferencia magistral del arquitecto español Eduardo Pesquera sobre La arquitectura de Luis Barragán: una mirada del patrimonio moderno desde España en el auditorio del Museo Tamayo y al día siguiente una mesa redonda Barragán: origen y presencia en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes con Louise Noelle, el arquitecto Juan Palomar Verea y el poeta Jorge Esquinca, dos tapatíos que ofrecieron su propia mirada de la obra de Barragán.

Para que cada quien pueda ver (y disfrutar) la casa de Barragán o el resto de su obra hay que verla desde nuestra propia trinchera para que así podamos admirar y vivir en persona eso que hizo en vida. En mi caso, la mirada con la que veo la obra de Barragán es a través de mi hermano, el arquitecto Andrés Casillas de Alba (1934-) que fue, sin dudas, el principal alumno y colaborador de Luis Barragán (1902-1988) con quien compartió esa manera de ver el espacio y de vivir la vida a través del cristal de la estética, dos artistas que compartieron experiencias a pesar de la diferencia de edad: sus padres fueron tapatíos y cada quien en su tiempo, vivieron un tiempo en sus ranchos respectivos: Barragán en la Hacienda de Corralejo allá por la sierra del Tigre y Andrés en el rancho cerca de Tepatitlán en donde los dos integraron los muros, los bebederos y la vida sencilla del campo.

Andrés es mi hermano mayor y por eso he tenido la fortuna de ver y admirar cómo vive y cómo trabaja desde que tengo uso de razón. Por eso, reconozco su originalidad y su genio para poder ver y concebir los espacios y encontrarlas soluciones que intentan mejorar la calidad de vida, pues parece según él, sus obras sólo tiene un propósito: que el espacio nos impulse a vivirlo.

Desde hace un cuarto de siglo hizo en Tlalpan un town-house (8 por 15 m.) que es una joya y lo es no por otra cosa, sino porque logró aplicar ese principio básico y la casa me impele a vivirla. Por eso digo que la mirada que puedo tener la obra de Barragán, es a través de la obra de Andrés mi hermano como es mi casa en donde la mirada es más bien existencial, pues vivo en un espacio como esos que con un ejercicio de empatía, me lleva a entender emocionalmente esa obra hecha de contrastes, de cambios de altura, de pasos entre vericuetos para sorprenderse y de los juegos de luz como los que hizo Barragán con una técnica para que, finalmente, se produzca un especie de encanto como la que podemos disfrutar en dos de los cuartos de esa casa Patrimonio de la Humanidad construida en 1947 en donde, gracias al juego de postigos, podemos adaptar la luz al estado de ánimo en el que nos encontremos o queramos tener, como si, con ese juego de luces pudiéramos plasmar la manera en la que queremos estar ese día.

Miradas como las que se propusieron los especialistas o como la del poeta Esquinca que trajo a colación las partes que forman un árbol: su fronda a la vista y al aire libre que ilustra a la naturaleza y sus raíces que alimentan todo en las profundidades y con esto, armar un discurso que llega a definir e imaginar a la casa como un templo y lo que nos provoca a habitarla.