Que toda la vida es sueño

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 24 de julio, 2014.


Para Armando Hatzacorsian.

A veces la nostalgia nos impulsa a recordar cosas del pasado tratando de reconstruirlo y contrastarlo con el presente. El martes, hace una semana, fui a darle el pésame a mi amigo y estando ahí vi por accidente, por la ventana del féretro, el perfil afilado de su padre inmóvil y ante esa inmovilidad absoluta le di la razón a Hamlet cuando dijo «lo demás es silencio» antes de expirar y se me enfrió el corazón de ver cómo pasa uno a la inmovilidad total y a la negra nada infinita, después de tantas cosas que hicimos y deshicimos.

La nostalgia y la melancolía se presenta a la hora menos esperada y supongo que hay que dejarla que vague un rato para luego expulsarla de su paraíso, no vaya a ser que nos quedemos secos como tronco de árbol partido por el rayo del pasado, para así liberarnos y que podamos enfrentar el presente para salir a tomar el aire libre y caminar por la banqueta soleada.

Bien lo supo Proust cuando se puso a buscar el tiempo perdido y escribió esa obra que le ocupó toda su vida, reconstruyendo los placeres y los sufrimientos de su infancia y juventud, en medio de una nostalgia sublimada desde que volvió a probar la magdalena («valva de concha de peregrino») sopeada en el té que le ofreció su madre un día que hacía frío y que le funcionó como si fuera un relámpago que encendió la mecha con la que empezó a reconstruir la vida a su alrededor.

Dejó a un lado la taza y se volvió hacia su alma —como él decía— para rescatar esos momentos de angustia por la ausencia de su madre o cuando no podía controlar lo exterior, mucho menos asegurar la presencia de Gilberta o para describir la pasión de Swann por Odette hasta que, al final escuchamos a este hombre derrotado que nos dice: «¡cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!».

Proust habla de la música y del amor a través de la frase de Vinteuil (¿tomada de la Sonata para violín y piano en La mayor de Cesar Franck?) y también nos habla del placer que le proporcionaba escucharla una y otra vez, tanto que era una verdadera necesidad «como cuando entramos en contacto con un mundo que no está hecho para nosotros, que nos parece informe porque no lo ven nuestros ojos y escapa a nuestra inteligencia para sólo percibir un sentido único: el gran descanso… aunque llevaba marcada la sequedad de su vida se sentía transformado en una criatura extraña, ciega, sin facultades lógicas, como si fuera un fantástico unicornio, un ser quimérico que sólo percibía el mundo por el oído… en una rara embriaguez para despojar al alma de todas las ayudas del razonar y hacerla pasar a ella sola por el colador, por el filtro oscuro del sonido.»

Michael Murphy habla en Proust y América: lo efímero y el paso del tiempo de la capacidad que tenemos para combinar la eterna belleza del arte con lo «efímero, lo fugitivo, lo contingente» y señala que «si el Tiempo se pudiera hacer visible, no sería a través de lo permanente… sino a través de lo efímero».

Tal vez por eso, desesperados por el paso del tiempo, no disfrutamos del presente (efímero por definición), como la música que se evanesce desde el mismo momento que empieza, tal como nos pasa cuando creemos estar en el mejor momento de nuestra vida y que, sin terminar de decirlo, sabemos que ¡ya pasó! Pues sí, tal parace que «toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son» —como dice Segismundo en esa obra de Calderón de la Barca.