Sabe a sal mi pensamiento

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 17 de julio, 2014.— 

La esposa y la hija de Joaquín Sorolla a la orilla del mar.
Desde que tenemos memoria acostumbramos salir de vacaciones en el verano, tal como lo podemos apreciar ahora que recibimos fotos de nuestros amigos de Monte Albán en Oaxaca o de la playa a la orilla del mar o desde Europa, trotando por esos espacios.

Siempre asocio el mar con las vacaciones y casi siempre considero al poeta José Gorostiza (1901-1973) cuando me pongo en su lugar tratando de imaginar qué pensaba cuando estaba en alguna de sus oficinas o embajadas cuando extrañaba tanto el mar que, como decía, ya tenía sabor a sal su pensamiento: 

¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.

¿Qué es lo que nos hace añorar el mar: su inmensidad, su color reflejo del cielo o será que es el origen de la vida y, por lo tanto, el gran seno materno? ¿O el oxígeno que respiramos y todo lo que nos dicen que fija el Sol con sus rayos en la piel o en los huesos? O será por todo esto junto que nos va llegando al fondo del alma como ese recuerdo de las olas del mar que, como los pensamientos, se enciman uno tras el otro y en ese eterno movimiento, arrullarnos, mecernos al escuchar sus tumbos y ese desaire que termina en susurro cuando se arrastra, como espíritu puro sobre la arena antes de regresar a su origen. ¿Qué le habrá pasado a Gorostiza mientras estaba en su oficina: cerraba los ojos y se dejaba llevar por sus pensamientos, apuntando todo lo que se le ocurría para luego darle forma para que lo siguiéramos cantando cada vez que pensamos en el mar?

Otra manera de estar allí es asomarse a los cuadros de Sorolla que nos hacen suspirar porque es así como nos gustaría pasar las vacaciones de verano con la familia: con la esposa y la hija vestidas de blanco albeando y el viento que les mueve los vestidos de felicidad mientras una sostiene el sombrero de paja para que no salga rodando por la arena y, la otra, nos voltea a ver para casi desmayarnos. O los pequeños jugando en la arena a punto de entrar a jugar con las olas y que suceda como con el poema de Gorostiza, que los cuadros nos llenen estos días mientras pensamos vagar a la orilla del mar.

También disfrutamos con El arte de viajar de Alain de Botton (1969-) que nos recuerda a los otros textos de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) plenos sentido del humor y una erudición implícita, irónicos y profundos con los juegos y los contrastes que hacía hasta que nos damos cuenta que lo más importante cuando viajamos depende de las condiciones anímicas con las que lo hagamos, más que el destino del viaje.

Salir de casa, romper la rutina, explorar otros mundos y conocer esas esquinas de nuestro planeta; descansar, encontrar y disfrutar la belleza de la Naturaleza y saber capturarla para confirmar lo exótico de este planeta como si nos subiéramos al balcón para ver el bosque —a vista de pájaro—, y que los problemas tomen su distancia.

Comparar lo real con lo imaginario como lo hacemos cuando viajamos o cuando leemos a los que viajan, por ejemplo, las historias del Conde se Esseintes, un personaje de la novela A contrapelo de J. K. Huysmans, en donde el «decadente y misantrópico héroe, concebía por anticipado su viaje a Londres» mismo que nunca pudo hacer. 

O el viaje que de Botton dice haber planeado hacer después de seis meses de lluvia y frío en Londres cuando vio un folleto en una agencia con unas palmeras borrachas de sol y un mar azul, cuyas olas se acuestan en la arena. No tarda en tomar el avión y llegar a Barbados en donde casi hecha a perder ese viaje cuando se pone a discutir con su esposa puras tonterías sin importancia.

¿Qué es lo buscamos cuando viajamos: evadir la realidad, salir del encierro, buscar la felicidad, realizar algún sueño, imaginar una aventura erótica o exótica, o simplemente caminar y ver algunos de esos lugares que pueden ser los más bellos del mundo? A lo mejor sólo queremos dormir, dormir y dormir.

También sabemos de otras alternativas como la de Xavier de Maistre en 1790 y su Viaje alrededor de mi cuarto, en donde viajamos sin tener que salir a ningún lado ni exótico, ni playero, ni cultural, como esta historia, entre otras más, que nos cuenta Alain de Botton para nuestro deleite.