miércoles, 27 de agosto de 2014

De lo antiguo a lo moderno de Henry Moore

INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 28 de agosto, 2014.— 

Catalina Corcuera en Kew Garden en una escultura de Henry Moore, 2008.
La «figura reclinada» fue un tema obsesivo con el que trabajó Henry Moore desde que descubrió al Chac Mool en el British Museum. A partir de esa escultura pudo recrear esa presencia humana que ve pasar el tiempo desde una misma e incómoda posición con las que Moore pudo mostrar la psicología con una «mayor franqueza e intensidad» y nosotros, años después, la seguimos admirando de diferente manera sus obras obsesivas y la tensión que se necesita para mantenerse en esa posición mientras vemos cómo pasa la vida.

Estas variaciones sobre este tema nos siguen diciendo algo al oído: ¿será que nos aterra vernos tensos observando lo que sucede a lo lejos, viendo llegar la tormenta, sin poder levantarse y entrar en acción?, tal como nos imaginamos al Chac Mool que está en el altar de Chichén Iztá en espera de que le coloquen a las víctimas para ser sacrificadas, pasivo e incómodo, viendo mejor para el horizonte o el más allá, con una mirada fija con la que podía ver cuando se desata la serpiente de luz que baja por los extremos de la pirámide de Chichén en el solsticio de primavera.

La semana pasada llegaron a la explanada del Palacio de Bellas Artes del Museo de Arte de San Diego varias escultura de Henry Moore, entre ellas, Reclining Figure: Arch Leg (1969), hecha de mármol blanco que ha sido instalada como parte de la exposición conmemorativa En esto ver aquello, con la que celebra el INBA el centenario del nacimiento de Octavio Paz (1914-1998) y con esta escultura, otras tres piezas: Three-Way Piece No. 2: Archer (Working Model) (1964), Working Model for two piece reclining figure: cut (1978-1979) y Large Slow Form (1962).

El Chac Mool representa a esa figura humana inclinada hacia atrás, sin tener dónde recargarse, en una posición incómoda, tensa, como la de los vigilantes que mantienen una mirada fija, las piernas encogidas y la cabeza vuelta a noventa grados, que, además sostienen en su vientre un recipiente. El que la descubrió en el siglo XIX fue Auguste Le Plongeon (1825-1908) un fotógrafo, anticuario y arqueólogo amateur que excavó Chichén Itzá y la encontró enterrada en medio de las ruinas. Más adelante encontraron otras parecidas al estilo azteca: una en Tula, Hidalgo y otras en la ciudad de México, frente al adoratorio del Tláloc en el Templo Mayor.

El Chac Mool de Chichén Itzá puede interpretarse de varias maneras: en la que está en el altar podían haber colocado las ofrendas a los dioses, sus alimentos o corazones o,  a lo mejor, era en sí misma la piedra de sacrificio donde colocaban a la víctima o, mejor todavía, era un dios o un guerrero —pues está armado y tiene el pectoral de mariposa y un navajón atado al brazo o, a lo mejor, es un asistente de Tláloc, el dios de la lluvia, como lo explica Alfredo López Austin y Leonardo López Luján en Los mexicanos y el Chac Mool en un número de la revista Arqueología mexicana del 2001.

Octavio Paz decía que «en la escultura de Henry Moore podemos ver nosotros, hombres del siglo XX, una representación antigua de la tierra como presencia femenina», y en otra parte explica cómo es que el arte de Henry Moore «es, a un tiempo, tan antiguo que se confunde con el arte del neolítico y es moderno, puesto que sus raíces están en el cubismo, en el surrealismo y en el arte abstracto.»

Y nosotros, en estos días de lluvia, podemos pasear alrededor de esta figura en la explanada del Palacio de Bellas Artes dándole de vueltas a esto que nos sugiere una obra como la de este artista del siglo XX. Habría que fijarnos bien en todo lo que pasa alrededor o a la distancia, como si fuéramos esos dioses inamovibles en espera de la tormenta.