Llegar a lo más profundo de uno mismo

"Que Kundry apareciera recostada, desnuda como la Venus de Tiziano!, Wagner.
México D.F., a lunes 4 de agosto, 2014.— Cuando escucha que le llaman «Parsifal», y recuerda que así es como le llama su madre en sueños, entonces es cuando Wagner llega a lo más profundo de sí mismo como la música puede hacerlo, como escribió en su diario. Llegar a lo más profundo de uno mismo es lo que pretende lograr este compositor del XIX de esta manera que poco hemos explorado para intentar llegar a eso que guardamos de uno mismo al que podemos tener acceso de otras formas, como podría ser a través psicoanálisis o las hipnoterapias o a través de la lectura o las obras de teatro, como bien decía Vargas Llosa después de haber visto El año del pensamiento mágico con Isadora Duncan.

¿De cuántas maneras podemos llegar a entender a nuestro  Edipo o el amor prohibido? ¿De qué manera podemos comprender y vivir con los sentimientos duales como el impulso bárbaro del amor sensual y la fidelidad? ¿Cómo entender el sufrimiento producto de la culpa que nos deja heridos y nos duele tanto que quisiéramos morirnos? Wagner necesitó casi veinte años contestar musicalmente estas dudas, desde la plena primavera en abril de 1859, cuando estaba el jardín de su casa en Zúrich disfrutando cómo resurgían las flores a la vida, cuando imaginó componer Parsifal, hasta el día que se enamoro apasionadamente de la joven y bella Judith Gautier en 1877 en donde su dualidad y la pasión producto de ese amor los transformó en música, inspirado por el dolor que sentía y todo esto lo plasmó en esta composición que todavía perdura en donde intentamos conectar esa expresión clara y contundente con esta extraña manera de expresión musical.

«El principio de la Dualidad» es ese dilema que no tiene solución perfecta y que, por un lado, deseamos entregarnos al amor sensual y por el otro, tratamos de resistirnos, aceptando los principios morales, las leyes religiosas y los códigos sociales y esto es lo que logra este compositor a través de la música.

No cabe duda que lo que más estimuló a Wagner para realizar esta obra, después de haber pasado tantos años dándole de vueltas, fue la de haberse enamorado de esta joven que fue, según él mismo lo registra, uno de sus amores más intensos que pudo haber tenido un hombre en el umbral de la vejez (cuando él tenía 64 años) y se presentan esos elementos sensibles, conmovedores y, muchas veces, ridículos, como los que asociamos cuando se deja uno llevar por este tipo de pasión.

Parsifal ha sido la respuesta. Su puesta en escena dura cinco horas y media tal como la pueden ver hoy jueves en Cinemex (Altavista y Loreto en el Sur), transmitida en vivo por la Royal Opera House desde Londres, con una puesta en escena moderna. Es una obra cuyo punto de arranque es Amfortas (Wagner), el maestro de ceremonias del Santo Grial quien no resistió (como el compositor) la tentación sensual y se dejó seducir descuidando el Grial y La Santa Lanza para ser herido por ella y, a partir de ese momento, sufrir tanto que deseaba la muerte.

Primera llamada, primera. Ese es el núcleo del problema: la culpa que siente y el dolor por haber descuidado lo que estaba bajo su cuidado o, por haber vivido esa pasión que finalmente lo derrotó. ¿Así se habrá sentido Wagner cuando Cósima, su esposa, se dio cuenta que andaba con Judith Gautier y lo forzó a despedirse de ella? 

En diciembre de 1877 Wagner le escribió y le dijo: Je me sens aimé, et j’aime. Enfin, je fais la musique du Parsifal y poco después le mandó el texto y la música del pasaje Toma mi cuerpo y come, en un paralelismo con la Eucaristía, cuando les dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo” y, de esta manera, Wagner realiza la transformación de su cuerpo en una sustancia sagrada – y la ardiente rendición física del amor sensual.

El 6 de febrero 1878 mandó su despedida diciéndole: «Cuando en nombre del cielo no te encontré en París después del Tannhäuser me desplomé. ¿Entonces, resulta que eres demasiado joven? ¡Guardemos silencio, silencio! ¡Pero sigamos amándonos, amándonos! Tuyo, Richard.» Cuatro días después, se despidió. Montinari dijo en 1985 que «la música de Parsifal es fascinante y de una seductora belleza, pero no podemos menos que ver en esta obra el clímax del Romanticismo alemán rendido y sometido por el deseo de morir y por la nada.» Se trata de escuchar a través de esta obra todo aquello que nos lleva «a lo más profundo de uno mismo» y que bien vale la pena hacerlo a través de su música. Es un compositor que deseaba ser redimido y, al mismo tiempo, que deseaba redimir con su arte al mundo entero.