Contrastar a dos gigantes

INFOSEL. Crónica cultural para el jueves 18 de septiembre, 2014.

Jesús Silva Herzog Márquez en la ceremonia de aceptación a la Academia.
Contrastar a dos hombres de letras del siglo XX como Alfonso Reyes (1889-1959) y Octavio Paz (1914-1998) es todo un reto, y eso fue lo que hizo Jesús Silva Herzog Márquez (1965-) en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua durante la ceremonia formal a la que asistimos el pasado jueves 11 de septiembre en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Fue un día de celebraciones por todos lados, entre otras, los 139 años de la Academia y el hecho de que Jesús ocupe la silla XIX que ocupaba su abuelo, el economista e historiador don Jesús Silva Herzog (1892-1895).

Contrastar a dos figuras que vivieron en el mismo siglo, aunque de una generación diferente nos permitió conocer a dos hombres de una cultura universal con dos modos de expresarse opuestos: don Alfonso, miembro de esa Academia, conciliador y diplomático; Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990 que nunca fue invitado a la Academia, fue un poeta y ensayista que convertía la palabra en acción, un hombre que gustaba de la polémica y la confrontación de ideas y principios y que no le tenía temor a nadie ni a nada. Por eso, podía señalar las tiranías y las dictaduras del proletariado como la de la Unión Soviética.

En este contraste de estilos y formas de ser, Jesús estaba, implícitamente, poniendo el dedo en la llaga de la historia de la Academia al tiempo que imaginamos que se sentía más identificado con el modo de ser de Paz tal como acostumbra hacerlo, como recientemente a propósito del bombo y platillo del nuevo aeropuerto de la ciudad de México en donde señala que «bajo el ecosistema de la corrupción, toda obra pública es, por definición, sospechosa. No es que tengamos el derecho a ser suspicaces, es que es nuestro deber. El recelo, por supuesto, no se refiere solamente al aeropuerto, sino a aquello que es consecuencia directa del fervor reformista: la avalancha de concesiones, contratos, concursos y obras que estarán por realizarse.»

En su discurso fue comedido, salpicado de humor en donde nos dejaba ver las diferentes maneras de ser y de escribir de estos dos hombres a los que les han publicado sus obras completas (FCE) en veintenas de volúmenes que cubren todo lo que uno podría imaginarse, desde la antigüedad hasta nuestros días.

Por ahí contaba una anécdota en la que Reyes critica a Ortega y Gasset porque había tratado mal a Goethe y molesto, le mandó una crítica a su amigo Eduardo Mallea suplicándole que esa carta se mantuviese en secreto. Por su parte, Octavio Paz publicaba a los cuatro vientos lo que pensaba, estableciendo discusiones como las proponía Montaigne quien decía que «hemos venido al mundo para investigar diligentemente la verdad… el mundo no es más que la escuela del inquirir.... Y está al alcance de todos el decir la verdad, pero, enunciarla ordenada, prudente y suficientemente como pocos pueden hacerlo… y cuando converso con un alma fuerte, con un probado luchador, éste me oprime las quijadas, me excita a derecha e izquierda; sus ideas hacen surgir la mías: el celo, la gloria, el calor vehemente de la disputa, me empujan y realzan por encima de mí mismo, en donde la conformidad es una cualidad completamente monótona de la conversación.»

Y por ahí veíamos a Jesús, escritor con pluma en ristre, atando y desatando nudos gordianos, conectando lo que debe de conectar para señalar sus dudas sobre lo que parece brillar —pero que no es oro—, o lo que se celebra con un dudoso triunfalismo. Tiene memoria y sabe que la historia se repite y, aunque se disfrace, él sabe cómo desenmascararla con esa honestidad intelectual como la que ha demostrado tener en el pleno ejercicio de su oficio, sabiendo que puede equivocarse, pero que, por lo pronto, eso es lo que observa detrás de los sucesos. No importa si estamos o no de acuerdo con sus planteamientos y polémicas que va armando, porque como decía Montaigne: «me incomodo con quien se mantiene intransigente, como alguno que conozco, que lamenta su advertencia cuando no es creído, y toma a injuria el no ser obedecido.. Hemos venido al mundo para investigar diligentemente la verdad… el mundo no es más que la escuela del inquirir.»

La semana pasada celebramos con Jesús Silva Herzog Márquez su ingreso a la Academia Mexicana de las Letras dejando claro qué clase de escritor es y seguirá siendo. Cuando Hugo Hiriart le contestó su discurso, le sugería, entre otras cosas, que escribiera más sobre temas culturales, aunque por eso, perdiera audiencia pues esta se reduce dramáticamente, comparada con la que tiene cuando escribe de política en donde sabemos que tiene miles de seguidores.

Cuando el río de palabras llegó a su destino, teníamos un esbozo de esos dos hombres de letras en estos bosquejos durante su discurso de ingreso a la Academia en donde, además, le propuso a Jaime Lavastida, director de la Academia, que consideraran la propuesta de don Alfonso Reyes para incorporar en el diccionario de la lengua «Los alivios», en lugar de llamarle el Water o WC o cuando decimos —mal dicho— que vamos «al Baño» cuando, en realidad, sucede eso que se refiere don Alfonso, en un acto donde logramos como su nombre ahora lo indica.