viernes, 12 de septiembre de 2014

El teatro del mundo

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 13 de septiembres, 2014.
Actores fuera del Hospicio Cabañas en Guadalajara a principios del siglo XX.
Como actor en este teatro del mundo tendría uno que preguntarse si el escenario en el que representamos, esto que se llama las siete edades del hombre, es el apropiado o no. Habrá lugares que nos vengan como anillo al dedo, como el Paseo de la Reforma o, en Guadalajara, el de Lafayette, donde nos sentimos cómodos en nuestro papel.

Esto viene a cuento porque la semana pasada Juan Palomar Verea conversó con Pedro Reyes y el tapatío José Dávila, dos artistas contemporáneos que destacan con sus obras y que participan con ellas en el Museo Rufino Tamayo, como parte de la exposición titulada El teatro del mundo en donde tenemos nos ofrecen diferentes visiones del arte relacionado con las ciudades como ese escenario en donde nos movemos todos los días. Juan inició su plática citando un verso de Quevedo que empieza diciendo:

No te olvides que es comedia nuestra vida
y teatro de farsa el mundo todo
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes

Y, por su parte, Andrea Torreblanca escribió, en la introducción al catálogo de esa exposición, cómo fue que en 1787 mientras «Grigory Potemkin y la reina Catalina II recorrían las tierras recién conquistadas de Crimea, Potemkin mandó edificar fachadas falsas que simulaban aldeas, importó ganado y designó a personas (actores) para que se hicieran pasar por habitantes de la zona…»

No pude menos que esbozar una sonrisa y recordar nuestro Calzonzin Inspector (1974), esa película basada en un guión de Héctor Ortega, dirigida y actuada por Alfonso Arau, en donde el alcalde (corrupto) de un pueblo de Michoacán (Pancho Córdova) hacía sus propios «pueblos Potemkin», con fachadas que eran parte de ese gran teatro del mundo en donde los gobernantes, no bien terminaba la visita de las autoridades, dejaban caer por los suelos las fachadas que habían simulado el «nuevo» hospital o la nueva escuela, en una práctica que, tal parece, sigue en boga.

Juan Palomar les preguntó a quema ropa: ¿qué es lo que puede hacer el artista para mejorar el escenario en el que vivimos? Y lo que primero salió al aire fue la de evitar que haya esculturas de Sebastián y hasta llegaron a proponer que se debería de desarrollar «un manual para desarmar esas adefesios fuera de proporción para que vuelvan a su origen convertidos en chatarra.»

Luego, volvió a preguntar: ¿hasta dónde llega al responsabilidad de los artistas frente a la fealdad que nos rodea? Y ellos esbozaron algunas respuestas delimitando su responsabilidad, señalando que lo que hacía falta eran curadores de arte urbano, gestores de la cultura que garanticen la realización de las obras bajo criterios estéticos —y no políticos—, mientras se daba el ir y venir por los pasillos del poder en estas escenografías ausentes de belleza.

Actores que deambulamos en un escenario en donde duele caminar mientras representamos «muchos papeles, cuyos actos son las siete edades…» Y, ¿cuál es el papel que representa el artista? Y esa pregunta fue la que se mantuvo en el aire durante la reunión, mientras que el «gran teatro del mundo» —como dice Andrea— sigue utilizado como metáfora la idea de que todos «tenemos un guión preestablecido que debemos seguir y el mundo es ese escenario en donde lo interpretamos» y, más que una respuesta, lo que pasó en esta plática entre artistas, es que se volvió a tomar conciencia de que «todos en él somos farsantes»… como decía Quevedo, que paseamos por un escenario que a veces no corresponde al papel que imaginamos nos tocaba hacer.