La-banda-de-los-colados

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 20 de septiembre, 2014.

 Un incidente que no puedo dejar pasar por alto, pues lo considero un desacato, una falta de respeto de parte de las autoridades del Palacio de Bellas Artes que permiten que un grupo de vagos, alcohólicos y vividores se cuelen como invitados a los cócteles privados que se ofrecen después de una sesión como la de la Academia Mexicana de la Lengua saliendo de la Sala Manuel M. Ponce, en la terraza oriente del Palacio, para celebrar el ingreso a esa Academia de Jesús Silva Herzog Márquez quien fue aceptado después de haber ofrecido su discurso en donde contrastó a dos granes escritores como fueron don Alfonso Reyes (1889-1959), miembro y columna vertebral de esa Academia y al poeta Octavio Paz (1914-1998) Premio Nobel de Literatura 1990, que nunca fue invitado a formar parte de esa Academia con lo que muy a su manera puso el dedo en la llaga.

Se celebraban también los 139 años de la Academia y la coincidencia de que Jesús Silva Herzog Márquez ocupara la misma silla que su abuelo, al tiempo que el INBA celebraba los 80 años del Palacio de Bellas Artes y los cien años del nacimiento de Octavio Paz (1914) con la exposición En esto ver aquello que bien vale la pena venir a la ciudad de México para verla.

El discurso fluyó como los ríos que van a la mar, con giros inesperados para destacar las diferencias de tono y de fondo entre estos dos grandes hombres. Sabía a dónde quería llegar después de haber contrastado una actitud conciliadora y diplomática como era la de don Alfonso, con esa otra crítica y polémica de Octavio Paz (parecida a la del propio Jesús), en donde la palabra se convierte en acción.

Así, declaraba Jesús su modo de pensar y su aguerrida manera de escribir con una pluma afilada y puesta en ristre con la que se sale al campo de batalla todos los días. Para los miembros de la Academia —y para nosotros—, Jesús es «un observador lúcido de los escenarios de la política y de la cultura, un escritor, un espectador en la tradición de José Ortega y Gasset.»

Hugo Hiriart contestó el discurso con gracia y brevedad, como acostumbra hacerlo, para después salir a la terraza con vista al Palacio de Correos.

Para nuestra sorpresa, ya estaban instalados el grupo de «la-banda-de-los-colados», unos quince o más individuos que entran como a su casa cada vez que saben habrá vino y botana gratis, para llegar y comer a puños la botana y beber a grandes tragos el vino que, en esta ocasión, ofrecía la Academia a sus invitados y amigos.

De esta manera, lo que era un cóctel para celebrar el ingreso de Jesús Silva Herzog Márquez se convirtió en una batalla campal entre la-banda-de-los-colados, los invitados y los meseros que salían con su charola y de pronto no se podían ni mover, sitiados por la-banda-etc… que empujando al resto de la humanidad arrasaban con lo que había, sin ocultar su hambre ni su sed.

Al rato, uno de ellos se resbaló: iba a vomitar sostenido por sus compinches sobre una de las columnas del corredor sin que las autoridades del Palacio tomaran medida alguna para evitar la entrada de estas bandas a los cócteles privados, en una de estas absurdas permisibilidades democráticas o más bien demagógicas o descuidadas, como las que hay en otros sectores. 

Pero el buen humor nos salvó y celebramos con gusto el ingreso de Jesús a la Academia.