miércoles, 29 de octubre de 2014

Carmen y la musa de fuego

INFOSEL. Crónica cultural del jueves 30 de octubre, 2014. 
Anita Rachvelishvili como Carmen en la versión del MET.
A veces la vida nos juega rudo como le jugó a Georges Bizet (1838-1875) quien después de conocer uno de los eslabones de la cadena escrita sobre la vida de los gitanos, empezando por la novela de Aleksander Pushkin de 1824 que fue la que leyó Prospero Merimée, quien después de hacer un viaje por Sevilla escribió este otro eslabón como Carmen (1845), una obra que le gustó a Bizet quien le pidió a Ludovic Halévy y Henri Meilhac que trabajaran en un libreto para que él le pusiera la música y pudiera estrenarla como ópera, lleno de ilusiones, en la Opéra-Comique de París, el 3 de marzo de 1875.

La critica lo hizo polvo cosa y, tal vez, esa fue la gota que derramó el vaso del joven compositor que seis meses después murió de un infarto al miocardio a los 36 años de edad sin saber que su ópera sería todo un éxito, pues para octubre de ese mismo año, se llevó la puesta en escena en Viena y, a partir de ese momento, se convirtió en una de las óperas más populares del repertorio, tal como lo confirma el Metropolitan Opera House de Nueva York que decidió incorporarla en esta temporada y el próximo sábado se va a transmitir al mundo en donde habremos más de 3 millones de personas que la vamos a ver, ahora con la soprano Anita Rachvelishvili como Carmen, Anita Hartig como Micaela y Alekandrs Antoneko como Don José.

Con razón sufrió Bizet del corazón. Es una obra genial que tiene esas escenas en donde Carmen logra desplegar su deseo de vivir, de amar y de ser libre, aunque le pueda costar la vida. Esas mismas ganas de jugar con Eros y desplegar su pasión, lo recibe ese tal don José que no entiende nada de este juego, porque cree que la vida es algo serio y formal. Está incapacitado para jugar y menos para aventurarse, pues él pensaba que la mujer era de su posesión y que sólo debía ser suya, cuando estaba claro que ella no quería ser de nadie, pero que podía entregarse por placer, a jugar y amar a su manera con plena la libertad.

La obra nos hace sopesar algunos valores que tienen que ver con la fidelidad y la libertad para hacer el amor o asumir una vida formal. Pero Carmen es una de esas mujeres que no se comprometen y que saben jugar con la vida, viviéndola fuera del sistema como la viven los gitanos, bandoleros o toreros.

Por todo esto, vamos a caminar al lado de Carmen por los desfiladeros de la Sierra de Homochuelos o la del Pico de Aroche, cerca de Sevilla, mientras oía pasar el agua por los ríos y ella con sus amigas sobre las rocas, leían en sus cartas el futuro que les esperaba y que las dejaban sin aliento porque sabían lo que estaban viendo y que no era otra cosa que el puñal que podía atravesar a Carmen que insistía en vivir el amor como un pájaro que vuela libre aunque le cueste la vida, como castigo por jugar con Eros.

Cuando escribí Las batallas de General en el 2001 (Planeta), utilizaba como muletillas varias de las arias invitando así a la Musa de Fuego para poder soltarme a escribir y poner en acción algunas ideas sobre el amor libre y el desenfado con el que podía tomar la vida José María Reyes, quien investigaba la vida del general Ramón Corona y que jugaba, como Carmen, a vivir el amor libre y desenfadado.

Por eso escuchaba una y otra vez… L’amour est un oiseau rebelleEl amor es un ave rebelde que nadie puede capturar; es en vano llamarlo si a él se le ocurre negarse. Ni con amenaza ni con ruegos… y, tal como lo había hecho Cova mi abuela, que también leía las cartas españolas y que se las leyó al General en una kermés viendo como el comodín de espadas significaba una traición como la que sufriría el General tres meses después, para morir acuchillado una tarde de toros.

Carmen cantaba murmurando… ¡Diamante, espada, la muerte! Leo bien… yo primero… luego él… ¡para ambos la muerte! —con unas pesadas notas de las cuerdas—, y ya metido en la novela, me daba cuenta del matrimonio perfecto que hay entre la música y las letras.

En esta ocasión volveré a viajar con Carmen hasta llegar a la plaza de Sevilla mientras «el toreador» Escamillo (Ildar Abdrazakov) parte plaza entre aplausos y Carmen recibe, fuera del ruedo, varias cuchilladas de parte don José, hasta quedar herida de muerte que tanto nos duele ver a esta mujer que todo lo que quería era jugar con el amor y mantener su libertad, pues sabía que el amor es un gitano que nunca ha conocido leyes; si tú no me amas, yo te amo; si yo te amo, ¡ten cuidado!...