viernes, 17 de octubre de 2014

El derecho de pernada

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 18 de octubre, 2014. 
Una escena de Las bodas de Fígaro en la producción del MET de NY.
Considerada como una de las mejores creaciones de Mozart y una de las óperas más importantes de la historia de la música hoy, a las 12:00 horas, transmitirán desde el MET de Nueva York al Teatro Diana (y a otros quince teatros en diferentes ciudades de la República) la producción de Las bodas de Fígaro basada en el libreto de Lorenzo da Ponte quien utilizó Le mariage de Figaro de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais, para componerla entre 1785 y 1786 y ser estrenada en Viena el 1º de mayo de ese último año.

Tres años después de su estreno en 1789 inicia la Revolución Francesa que marcó el final al absolutismo estableciendo los principios de libertad, igualdad y fraternidad que, entre otras cosas, acabaron de golpe y porrazo con el «derecho de pernada» o «derecho de la primera noche» o Droit du seigneur, ese presunto derecho en donde los señores podían tener relaciones sexuales con las doncellas de su feudo como costumbre y que ahora nos parece un flagrante abuso de poder.

En México y Latinoamérica también se aplicaba y ahora, sin que sea estrictamente un derecho de pernada, si puede ser abuso de poder cuando nos enteramos de esos casos cuando la mujer regresa intempestivamente a su casa y encuentra al señor entrelazado con la recamarera o como sabemos que sucedía en las haciendas del XIX, cuando los hacendados mantenían al amparo de la tradición y de esas relaciones sociales asimétricas entre patrones y sus trabajadoras el mismo derecho de pernada y los bastardos pululaban idénticos a su padre.

Tres años antes de que se abolieran estos derechos Mozart se atrevió a ponerlo en escena para la corte de Viena como una opera bufa que empieza mientras los dos pretendientes, Fígaro, el criado del Conde y Susana la doncella de la Condesa, están midiendo para ver si cabe la cama en el cuarto que les han asignado ahora que se van a casar. Fígaro, celoso y preocupado por los potenciales abusos del Conde su patrón, sabe que la han asignado ahí porque así podrá entrar fácilmente, mientras lo mandan de recadero. Sin embrago, Susana estaba feliz y nosotros sufrimos por la ambigüedad y su aparente inocencia.

Como buena comedia, las cosas se van enredando y la situación de los Condes se refleja en el espejo de los sirvientes: uno de las mejores momentos es cuando el Conde de Almaviva duda, pero invita a Susana a encontrarse en lo oscurito en el jardín… ahí escuchamos a un debilitado Conde a quien todavía se le nota el deseo con una voz temblorosa de emoción, cuando se siente al mismo tiempo el peligro.

Por su parte, Cherubino, quien es el paje del Conde, es un joven seductor y un potencial don Giovanni que se enamora de la Condesa y le canta canciones que la hacen llorar de pensar en lo que era el amor —como sucedía al inicio del amor cortés; luego la Condesa canta su abandono y su tristeza de saber que todo ha pasado y ahora su marido le es infiel y ella tiene que aguantarlo, pero, por un instante duda y siente lo mismo que el Conde: el miedo al peligro de la aventura y el fin de su fidelidad.

Nos vemos reflejados en este enredo por nuestra propia dualidad —placer y deber—, hasta que al final, todos se perdonan, dientes para afuera, en un final aparentemente feliz donde Chon está con su Chona, aunque cada uno sabía lo que estaba dispuesto a hacer.