sábado, 25 de octubre de 2014

El jardín como metáfora

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 25 de octubre, 2014.— 

Jardines de la Alhambra en Granada.
Un oficio antiguo es el de los paisajistas, arquitectos del paisaje que proyectan, planifican, diseñan, conservan y rehabilitan los espacios abiertos que, cuando son privados y acotados se les llama jardines y ellos los jardineros que los diseñan y cuidan. La relación que tenemos con los jardines casi siempre es visual y olfativa, pero hay aprender a leerlos porque resulta que muchas veces, más que físicamente, los conocemos a través de textos y poemas escritos y que, para muchos, nos resulta una mejor manera de disfrutarlos.

Por eso nos encantan las metáforas que describen, por ejemplo, esa anatomía precisa o cuando hablan del rocío de la mañana después de la joie del amor cortés antes de despertar al alba. Otras veces, hemos leído cómo el trabajo que propone el jardinero se parece tanto a lo que hay que hacer políticamente hablando.

Hace una semana conocí a José Tito Rojo, encargado de los jardines de La Alhambra en Granada. Gracias a él he podido descubrir un nuevo aspecto de los jardines y reflexionar sobre sus ciclos de vida mientras recorríamos con calma el viejo jardín de la casa de Luis Barragán en México o leyendo su libro El jardín hispanomusulmán: los jardines de al-Andaluz y su herencia (Editorial Universidad de Granada, 2011) que por todo esto, no puedo menos que copiar algunos textos sobre los jardines de la Alhambra desde esta perspectiva:

«Los tópicos comúnmente aceptados son varios. Uno, que los jardines del al-Andalus son una metáfora del Paraíso coránico; que gozaban de una mezcla de utilidad y belleza; que sus estanques, fuentes y juegos de agua estaban diseñados para poder realizar las abluciones y que la mayoría de los jardines andaluces son fruto de una línea sin rupturas que se pierde en la Edad Media islámica.»

Pero la literatura —dice Pepe Tito—, sitúa el jardín, ante todo, como un lugar del placer y, especialmente, como el ámbito del amor, de la unión física de los amantes, como lugar de la tertulia, de ocio, de la fiesta y de orgía, donde se cultivan plantas en función del halago de los sentidos de la vista y del olfato, en donde los árboles son citados solamente por el frescor que produce su sombra. Tal vez, como me indicaba un amigo, como esos jardines que hay en Chapala o en Ajijic.

Por ahí esta metáfora y el perfil de la amante: «Al alba, el agua del jardín se mezcló con su nombre, más penetrante que todo perfume. El azahar es su sonrisa; el céfiro su aliento; la rosa perlada de rocío, su mejilla. Por eso amo los jardines: porque siempre me traen al recuerdo de la que adoro», como dice un poema andalusí.

El Paraíso como metáfora de lo agradable donde nos sugieren crear nuestro propio paraíso para librar los infiernos: «¡Oh, gentes de al-Andalus! De Dios benditos sean con su agua, sombra, ríos y árboles. No existe el Jardín del Paraíso sino en sus moradas y, si yo tuviese que elegir, me quedaría con éste; no piensen que mañana entrarán en el fuego eterno: pues no se entra en el infierno después de vivir en el Paraíso», escribió Ibn Jafaya en el siglo XII.

Poesía y jardín son construcciones retóricas y ejercicios paralelos para imaginar la Alhambra medieval como una metáfora de la naturaleza amable, de la Tierra, la Mujer y de esa Divinidad que está más en el terreno de lo real que en el Paraíso prometido. Una metáfora del presente y no del futuro pluscuamperfecto.