La realidad imaginada

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 11 de octubre, 2014. 
Dibujos en la Cueva de Altamira, España.
Es asombrosa «la capacidad de la mente humana de imaginar cosas que no existen realmente», nos dice Yuval Noah Harari (1976-), un joven maestro de la Universidad Hebrea de Jerusalén en su libro De animales a dioses (Debate, 2014) o Sapiens: A Brief Story of Humankind en donde pone los puntos sobre las íes al explicar, sin arrebatos ni pasiones, que el Dios de la Biblia es «ostensiblemente una invención literaria y que no (por eso) desacredita su poder ni reduce su importancia.»

«Este Dios del Antiguo Testamento es quizás el personaje más inquietante que ha inventado nunca la literatura, el más desmedido, el más aterrador —dice por su parte Antonio Muñoz Molina en Babelia (27/09/14)—, este Dios bíblico, pertenece al linaje de los grandes varones iracundos, como rey Lear (personaje de Shakespeare) y el capitán Ahab (personaje de Moby Dick de Melville). Igual que ellos es tiránico y celoso de la lealtad de sus súbditos, y su omnipotencia le conduce a provocar catástrofes y a idear castigos mucho más que a proveer de felicidad a sus fieles. La ecuanimidad no es uno de sus atributos…(pero, a pesar de todo esto, resulta que hay) centenares de millones de personas que basan su conducta moral en los mandamientos dictados por ese personaje literario de la Biblia o en el Corán.»

Y nos quedamos impávidos al reconocer que, desde hace muchos miles de años, el Homo sapiens del momento creía en algo que realmente no existía y la tribu quedaba convencida —como ahora otras tribus con esos líderes que cuentan historias increíbles de complots y misterios como si fuesen una realidad— entre otras historias de milagros que, para algunas personas resultan creíbles gracias a esa facultad que heredamos desde entonces para aceptar como real lo imaginado y creer como si eso existiese y no haciendo un paréntesis para suspender por un momento la realidad en esta otra literatura que pertenece más al realismo mágico de Rulfo, García Márquez o Eraclio Zepeda.

Ahora, según entiendo, todo esto es un producto genético injertado desde que el Homo sapiens lo aplicó hace unos 7 mil años, cuando eran capaces de forjar «ficciones, crear seres imaginarios e inventar historias que nunca ocurrieron», como la de ese Dios del Antiguo Testamento que atestigua «la extraordinaria capacidad de la mente humana para inventar historias infundadas que adquieren una importancia decisiva en el funcionamiento de la vida colectiva.»

Con estos argumentos, el gremio de los escritores de ficción se ven halagados, porque ellos saben que «la literatura que no se basa en la creencia, sino en la suspensión transitoria de la incredulidad y que nació como antídoto de las abrumadoras ficciones colectivas como recordatorio de la conciencia solitaria y del mundo real que esas ficciones usurpan.»

Don Quijote de la Mancha o Hamlet pertenecen a estas historias que la gente cuando las vemos suspendemos la incredulidad para disfrutarlas en su totalidad y no como en aquellos lejanos tiempos cuando el líder de la manada se disfrazaba y aseguraba que el espíritu del león los cuidaba del enemigo, cosa que la tribu aceptaba, el artista grababa una figurita con la cabeza de león (como la que encontraron) y, a partir de ese momento, celebraron sacrificios agradecidos de seguir vivos y coleando.

Los grupos aislados de Homo sapiens se asociaron con estas creencias por sí mismos o impuestas, creando así, lazos de lealtad y cooperación más allá de la cercanía y el parentesco y este es el origen de la realidad imaginaria.