miércoles, 22 de octubre de 2014

Los jardines de la Alhambra

INFOSEL. Crónica cultural para el jueves 23 de octubre, 2014.— 

El manuscrito almohade Hadit Bayad wa-Riyad y esas miniaturas del jardín.
«Al alba, el agua del jardín se mezcló con su nombre, más penetrante que todo perfume. El azahar es su sonrisa; el céfiro su aliento; la rosa perlada de rocío, su mejilla. Por eso amo los jardines: porque siempre me traen al recuerdo la que adoro», dice el poema andalusí en donde la metáfora y las imágenes florales son utilizadas para describir una deseada anatomía.

Hace una semana tuve la fortuna de conocer a José Tito Rojo encargado de los jardines de La Alhambra en Granada. Vino a México a un congreso. Después pudimos recorrer el jardín de la Casa Luis Barragán para aprender un poco cómo es que se pueden leer los jardines que, como seres vivientes, tienen su ciclo de vida. El jardín de Barragán se diseñó en el 47 del siglo pasado, inspirado en Les Colombières de Ferdinand Bac y Pepe Tito lo observaba, lo deletreaba y lo leía como él lo hace todos los días en los jardines de Granada hechos en la Edad Media islámica y basados en la idea del Paraíso como el jardín prometido a los musulmanes en la otra vida.

He tomado de su libro El jardín hispanomusulmán: los jardines de al-Andalus y su herencia, (Universidad de Granada, 2011), escrito junto con Manuel Casares Porcel, algunos fragmentos en donde los jardines y el paisaje se puede leer como si fuera un texto tal como lo hacía Lancelot Brown (1716-1783), quien decía que los diseñaba «poniendo una coma allí —dijo señalando con el dedo—, y dos puntos más allá, en donde se requiere un giro más marcado…»

Entonces, diseñar un paisaje es como escribir un texto y escribir un texto sobre los jardines y los patios floridos es otra manera de disfrutarlos y recrearlos, como lo hace cada semana Juan Palomar Verea que narra un párrafo de la vida del jardín de su casa-estudio. Para muestra este botón escrito en mayo de este año, sobre los modos del jazmín que «navega como mejor puede el estiaje, y se las arregla para florear... El viejo granado mantiene limitadas esperanzas este año, ahora cobijado por la fronda generosa; el níspero, más arisco, sigue su lenta ascensión y soporta estoicamente las guías que lo intentan alcanzar…»

Y Pepe Tito veía las flores, las plantas, los árboles y las guías que colgaban de sus ramas entre los verdes, la luz y la sombra de ese jardín espléndido que se encuentra en una edad avanzada, al tiempo que pensaba cómo y qué hacer para mantenerlo vivo. Él sabe que para restaurar un jardín como el de la Alhambra hay que recurrir a la literatura y anotar lo que decían en aquel entonces: «no hay lugar como tu huerto, Ibn Rizq, jardín brillante, arroyo presuroso, página escrita con tu mano, pues la belleza brota de su suelo», escribió Ar-Rusafi en el XII o como lo que escribía Ibn Jafaya, más conocido como al-yannan, el jardinero, cuando sabe que el Paraíso es un jardín como el que se les promete en el Corán aunque algunos de esos criterios Pepe Tito los considera una ficción pues sabe que «los cuatro canalillos del Patio de los Leones en La Alhambra dicen que se refiere a los cuatro ríos del Paraíso, aunque nunca se lee tal referencia en el Corán y aunque ese patio nunca estuvo ajardinado… a lo más tuvo algunos naranjos…»

La literatura medieval sugiere crear nuestro propio jardín y por eso escribió Ibn-Jafaya: «¡Oh, gentes de al-Andalus! De Dios benditos sean con su agua, sombra, ríos y árboles. No existe el Jardín del Paraíso sino en sus moradas y, si yo tuviese que elegir, me quedaría con éste; no piensen que mañana entrarán en el fuego eterno: pues no se entra en el infierno tras vivir en el Paraíso».

Algo aprendí mientras caminaba con Pepe Tito, recordando otras metáforas que explican con manzanitas lo que hay que hacer políticamente como esa que recuerdo claramente en los tiempos de Ricardo II en el siglo XIV como si fueran las instrucciones que daba el jardinero de la reina a su ayudante: «sujeta bien aquellos duraznos primerizos que cuelgan allí. Semejan críos revoltosos que hacen que el padre se doble cargando la opresión de un peso pródigo. Apuntala aquellas ramas que se están doblando. Y tú, como si fueras matarife, corta las cabezas de esos brotes que crecen raudos y que tienen un aspecto altivo para esta república. Que todos han de ser lo mismo en el gobierno. Mientras tú te afanas en eso, yo arrancaré malas hierbas que le chupan al suelo el beneficio necesario para que fecunden otras flores», (Shakespeare. Ricardo II, 3.4. 29-39).

Ahora que pueda, iré a ver a Isabel y a Andrés mi hermano a su casa de Rancho Cortés para volver a leer ese jardín que han hecho que es otra especie de paraíso: un jardín florido desde la entrada, abundante, diverso, múltiple y armónico que huele a perfume de azar y a flor de naranja y que rima con el verde bosque rebosante sólo de escuchar el bravo rumor del arroyo que pasa abajo por su casa… «cate de mi corazón».