miércoles, 1 de octubre de 2014

Respirar la insignifancia que nos rodea

INFOSEL. Crónica cultural para el jueves 2 de octubre, 2014.
El Museo y el jardín de Luxemburg en París.
«Ramón se encontraba en las proximidades del museo situado cerca del Jardin du Luxemburg (el Museo de Luxemburgo), donde desde hacía un mes se exponía la obra de Chagall (un pintor onírico del siglo XX, ¿como la literatura de Kundera?) Él quería ir a verla… (pero) observó a la cola de gente con sus rostros paralizados por el aburrimiento… y no tardó más de un minuto en dar media vuelta y encaminarse al parque a través de la alameda…»

Abandonar lo importante, como puede ser el Museo o la obra de Chagall, y mejor pasear para observar aquello que no tiene mayor importancia y que es insignificante a primera vista, esa es la columna vertebral de La fiesta de la insignificancia (Tusquets, 2014) de Milan Kundera, la obra más reciente de este escritor. La primera reacción, después de haberla leído de una sentada, fue decepcionante, sobre todo, porque esperábamos algo diferente de ese autor que tanto nos gustó en los 80’s, cuando se empezó a publicar su obra por todo el mundo como fue La insoportable levedad del ser, en donde aseguraba que «el amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).»

Pero de La fiesta de la insignificancia, tomó día con día, el lugar que tal vez le corresponda o que se lo merece, porque, a partir de su lectura repensamos en aquello que nos rodea y que podemos calificar como insignificante pero que de pronto resulta ser lo contrario, sobre todo cuando llegamos al final y se nos acomoda el alma cuando entendemos el juego que se propuso hacer este checo-francés sobre eso que nos rodea y que no le dábamos importancia alguna.

«Aquí en este parque ante nosotros, mira amigo, está presente con toda su evidencia, con toda su inocencia, con toda su belleza. Sí, su belleza... la animación es perfecta, y totalmente inútil, los niños ríen, sin saber por qué, ¿acaso no es hermoso? Respira, D’Ardelo amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea y que es la clave de la sabiduría y la clave del buen humor.»

La belleza de esto que nos propone, hasta hace poco, no le dábamos la menor importancia. Por eso me parece ahora que es la clave de esta novela corta escrita a sus 85 años de edad, con una estructura desparramada —¿posmoderna?— con varias escenas tomadas de la vida real y otras, imaginarias, como la pintura de Chagall. Las dos se suceden mientras tratamos de elaborar el primer tema de conversación al mero principio cuando se pregunta «¿por qué en estos tiempos es el ombligo lo que muestran las mujeres como símbolo sexual, en lugar de los muslos, las nalgas o los pechos?», tal como sucedía en mis tiempos que son más o menos el mismo: Kundera nació en Brno, Checoslovaquia doce años antes que yo en 1929, y ya como artista exitoso abandonó la Checoslovaquia socialista y se fue junto con su esposa a vivir a París donde vive y escribe desde 1975.

Ya sabemos que no es lo mismo los «tres mosqueteros, que treinta años después» y tal vez por eso la primera incomodidad por esa especie de liviandad de sus textos, pero, si le damos tiempo, de pronto, entendemos su propuesta y empezamos a reconsiderar y a darle de vueltas a eso que era baladí, pequeño o despreciable, pero que resulta que vivimos rodeados de esas cosas que, hasta ahora, las despreciábamos y no les dábamos importancia alguna.

Después de la fiesta de Kundera aceptamos que esa puede ser la «clave de la sabiduría y del buen humor» y con eso más que entendido, vivido en carne propia por las calles, no del Jardin du Luxemburg, sino del más que modesto parque Juana de Asbaje de Tlalpan, respiramos hondo, como se lo propone a su amigo D’Ardelo para que nos vuelva la sangre al cuerpo y empecemos a darle su valor a eso que hasta ahora habíamos despreciado:

Ahora en cambio —dice al final—, veo la insignificancia bajo una luz totalmente distinta a la de entonces, bajo una luz más fuerte, más reveladora y con esto, cerramos con esa moraleja.

Por esto bien vale la pena leer La fiesta de la insignificancia, que nos permite reconsiderar aquello que no le dábamos importancia —como la risa de los niños jugando— y que puede ser revelador como lo dice, además de ser una belleza y la esencia de la existencia, pues está con nosotros en todas partes y en todo momento.