miércoles, 15 de octubre de 2014

Una celebración parafernálica

INFOSEL. Crónica cultural para el jueves 16 de octubre, 2014.— 
Suite con Jaime Márquez, Antonio López Palacios, Carlos Prieto y Yo-Yo Ma.
Al Patronato de Museo de Antropología se les fue de las manos la fiesta con la que celebraron el pasado 8 de octubre los 50 años de la inauguración del edificio diseñado por Ramírez Vázquez. La médula de la celebración era tener un concierto con dos de los más grandes cellistas del mundo: Yo-Yo Ma y Carlos Prieto con un programa que incluía la Cuadragésima novena Sinfonía de Hayden, para seguir con el broche de oro y estreno mundial absoluto de La Suite para dos cellos y dos guitarras de Samuel Zyman (1956-) una obra compuesta a petición de Carlos Prieto después de haber pasado una semana de vacaciones —sin cellos— por el rumbo de Andalucía y de haber quedado encantados con la música que se oye por todos lados; para concluir con el Concierto para cello también de Hayden con un Ma sublimado en un concierto complejo que tal parece se sabe de memoria, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), bajo la batuta del sonriente Carlos Miguel Prieto.

Digo que se les fue de la manos porque el concierto lo pusieron en las manos del productor Javier Gaxiola y Televisa. Aunque ya sabemos, que «a caballo dado no se le ve colmillo», dejaron que hiciera de las suyas, destrozando la idea original de lo que era tener un buen concierto poniéndolo en las manos de esos productores frívolos, cursis e incultos (en todo el sentido de la palabra), que ignoran, por definición, lo que implica la modestia y el lujo de la música clásica con un cuarteto de músicos y, por otro lado, sin poder contener la ambición de recabar —me imagino— unos $3 millones de pesos si vendían mil boletos a $3 mil pesos c/u, sin importarles que, para que cupieran esos invitados, tuvieran que montar un escenario parafernálico en el patio, alrededor de la columna-fuente del Museo. De esta manera cayó la espada de Damocles y hubo varios errores: uno, la música de los cellistas —que son las mejores voces en las cuerdas— se escucharon por altavoces; la iluminación, fue diseñada para que se viera el público —tú me ves y yo hago como que te veo— en las tres pantallas que montaron, en lugar de que el público pudiera ver a los solistas, a la orquesta y a su director. Luego, con unos brutales close-up alcanzamos a verle hasta los malos pensamientos a la primer violín de la OSM amplificado su rostro en demasía; y los encandilados invitados no pudieron ver en vivo a los cellistas ni a la orquesta ni a su director y, por último, en algo que fue totalmente casual, pero predecible, cayeron dos chubascos con tal viento que tuvieron que suspender el evento a ratos como si hubiera caído la maldición de Tláloc entre el el desaguisado de los invitados.

Los varios y repetitivos discursos, la tardanza del inicio, la incomodidad de no ver a los músicos en vivo ni poder disfrutar del sonido natural de los cellos —Stradivarius—, mucho menos las espléndidas guitarras de Jaime Márquez y Antonio López Palacios, hicieron que el concierto, que debió de haber sido algo íntimo y natural si lo hubieran hecho en uno de los auditorios, se convirtió en un espectáculo, como lo anunciaba el Maestro de Ceremonias, tal como están acostumbrados a organizar sus reventones en Televisa. Para colmo, ponían sin venir a cuento y totalmente fuera de contexto, música DJ con su «punchis-punchis» de los antros durante los entreactos o mientras retumbaba el sonoro rugir de la tormenta que tan bien soportamos.

La Suite para dos violonchelos y dos guitarras de Zyman fue una verdadera joya, una belleza rescatada de la parafernalia de los altos parlantes con un segundo movimiento Andante malinconico —es decir, melancólico… ¿sería porque así estaba esa noche?—, que es una maravilla entre el tema que se desarrollaba entre las dos guitarras que tanto recuerdan el mundo alegre de Carmen y los gitanos en Andalucía.

Los dos cellos dialogaban, repetían e insistían en el tema musical como si conversaran dos buenos amigos. Nos conmovió, sobre todo, si tapábamos con la mano las luces del foro y tratábamos de ver cómo era que los músicos se volteaban a ver y cómo Ma, con el carisma que tiene, expresaba sus movimientos que hace hacía atrás o sobre el cello, ofreciéndonos una fuerza expresiva adicional, como si hiciera falta.

Lástima, pues, de la parafernalia de la producción y del patronato que dejó que se les fuera de las manos la idea básica: celebrar con un concierto excepcional con dos grandes solistas como estaba en el programa. Debieron de haber cuidado eso, la pureza del sonido y no hacer que el público sufriera de vergüenza ajena al ver cómo se transformó la calidad y el impacto de la música con tantas impertinencias.