viernes, 28 de noviembre de 2014

La trova y la esperanza milagrosa

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 22 de noviembre, 2014. 


Conocí al poeta Fernando Espejo (1929-2007) cuando era editor en los 80’s. Era un poeta que de joven le ayudó a Benito Alazraki en la dirección de Raíces (1955) y que, por fortuna, no se le había olvidado ese acento que tienen los nativos de la Península de Yucatán. En 1984 le publiqué La Flauta y el Caracol donde pude disfrutar varios de sus sonetos: el de la sal, la amistad y el del tiempo, la luz y sombra, así como, de algunas de sus canciones como las de ausencia para Caracol y de amor para Flauta.

Años después fuimos un grupo de amigos a Mérida y sus alrededores con Adolfo Patrón y Margarita Molina como anfitriones de ese viaje inolvidable en donde puede conocer algo de los antepasados mayas y su cultura, así como, algo de su música. En mala hora saqué a colación lo que decía Edmundo Flores de las canciones de la trova, esas en donde la voz aseguraba que ‘nunca besaría su boca de púrpura encendida’, ni que llegaría a la ‘loca y apasionada fuente de su vida’ y que, por eso, podría ‘vivir de hinojos, mirando siempre sus lindos ojos’. Edmundo decía públicamente que México nunca podría progresar si seguíamos cantando este tipo de canciones.

Cuando se me ocurrió comentar esto, por poco me exilan. El efecto duró años hasta que recibí este artículo de Fernando Espejo titulado «De trova yucateca y trovadores», en donde echa abajo la pretensión neo-moderna del Dr. Flores y me permitió reconciliarme con esa música:

«Fíjense que no. En la trova yucateca no hay canciones bravías —decía Fernando Espejo—, pero ni una sola. Ni siquiera un cachito. Nada que ver. Un día me preguntaban eso, que porqué… Habría uno que remontarse a los principios de esta forma de amor que se ha dado en llamar ‘romántico’. Esa enajenación sublime, esa quintescenciada cursilería que todos hemos sentido y que ha sabido transportarnos, desde los requintos infiernos hasta los séptimos cielos, a causa de una mirada de los ojos entornados de una mujer o la sugerente promesa de una sonrisa tímida —cada quien por su cada cual— esbozada por un galán súbitamente desinhibido. Eso, por los caminos que sean, da lugar a eso, pero, ¿qué es eso, de dónde viene?»

De repente recordé a mi madre tarareando:


Tengo un pájaro azul dentro del alma,
un pájaro que canta y que solloza
y que en mis noches de infinita calma,
es como una esperanza milagrosa;
tengo un pájaro azul dentro de mi alma.

Y esta canción de la trova nos habla de ese deseo arraigado en nuestra vida que tiene que ver con la necesidad de tener «una esperanza milagrosa», como la luz del faro que, en medio de la tormenta, nos da esa luz, como el amor, que nos permite llegar un día a nuestro destino. "Todo acto de creación es un acto de amor", decía José Revueltas que ahora cumple 100 años de su nacimiento.

«Yo lo sé —decía Fernando Espejo—, todos lo sabemos. Posponer, retrasar, demorar, es la malicia más apetecida por el deseo —aunque parezca lo contrario— y es su mayor astucia. Así, se sabe que el logro del objeto del amor, es paradójicamente el término, el final, la muerte de la pasión.»

Ahora admiro la trova y a los trovadores que de repente escucho asombrado como si fuera la primera vez, como esta canción de Pastor Cervera que me sorprendió, porque habla de ‘las inquietudes y los misterios insondables y eternos de la mujer’ y que empieza así: Dime, ¿por qué no te conmueve mi tristeza?... por qué no haces gala de grandeza y me dices porque…