Lady Macbeth / Lady Abarca

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 22 de noviembre, 2014.
Lady Macbeth de Otto Müller.
María de los Ángeles Pineda (quien, junto con su marido, mandaron asesinar a 43 estudiantes) la imaginé como Lady Macbeth en esa escena cuando llega el medico de la prisión para observar cómo es que se comporta en su celda. Por la noche camina como si fuera una sonámbula, hablando toda clase de cosas sin darse cuenta. Se levanta de su camastro con el uniforme arrugado y lo primero que hace es tomar un papel, doblarlo en cuatro partes, escribir algo sobre él y firmarlo antes de volver a tirarse boca arriba.

—Este es el resultado de una grave perturbación —comentó el doctor—, actúa como si estuviera despierta, pero, en realidad tiene una somnolienta agitación. Además de dar de vueltas alrededor de su celda, dígame, qué otras cosas hace y, si habla, qué es lo que dice mientras camina.
—Dice algo, señor, pero no se lo puedo decir —contestó la guardia.

En eso, volvió a caminar. La guardia, que estaba atenta, le hizo una señal al doctor para que viera con sus propios ojos cómo es que hacía el mismo gesto de todas las noches, aunque parecía estar dormida…

—¿Qué hace ahora? ¿Por qué se restriega las manos?
—No sé, eso es lo que acostumbra hacer día y noche: se frota las manos… la he visto cómo lo hace hasta quince minutos seguidos.
—Todavía queda una mancha —decía la Lady en voz alta— ¡Fuera, maldita mancha, fuera, digo!... Uno, dos, tres… cuarenta y tres… ¡Ya es hora de hacerlo! El infierno es sombrío... ¡Qué vergüenza, qué vergüenza! ¿Un policía y tú miedoso? ¿Qué importa si se sabe? A los poderosos, nadie les pide cuentas... ¿Quién podría haberse imaginado que estos jóvenes tuvieran tanta sangre?... El Alcalde tenía una esposa, ¿verdad? ¿Dónde estará ahora?... ¿Qué… nunca se van a limpiar estas manos? ¡Basta! ¡No más de esto! Todo lo echas a perder con tus sobresaltos… Todavía queda ese olor a sangre... creo que todos los perfumes de Arabia no podrán endulzar estas manos… ¡Ay, ay, ay!

De pronto se detiene para verse al espejo y balbucear:

—¡Lávate tú también las manos y ponte tu ropa de dormir! Deja de estar tan pálido. Te lo digo una vez más… ellos están enterrados y no saldrán de su tumba… ¡A la cama, a la cama! ¿Qué no oyes el ruido del portón? ¡Vamos, vamos, vamos! Dame tu mano. Lo que está hecho, no se puede deshacer.

Antes de irse, el médico concluía:

—Locos son los rumores que van por los aires. No hay la menor duda de que los actos contra Natura provocan disturbios en contra… Lo que pienso, mejor lo callo.
...
—¿Qué gritos son esos? —preguntó el ex Alcalde desde su propia celda.
—La señora ha muerto —le informó un guardia.
—Debería de haber muerto poco después. Tiempo vendrá en que pueda oír palabra semejante… Mañana, mañana y mañana avanzan paso a paso, día a día hasta la última sílaba del tiempo recordable y todo nuestros ayeres alumbran el camino de los locos que muerden el polvo de la muerte. La vida es una sombra que camina, un pobre actor que gesticula y se pavonea una hora en el escenario y luego, no se le oye más. Es un cuento dicho por un idiota lleno de sonido y furia que nada significan.

He editado estas dos escenas con los textos de Macbeth (1606) de Shakespeare, tomadas de la versión novelada que me publicó Santillana (2009). Parece que pueden ser copiadas de la vida real y, de esta manera, conectarnos con la obra de teatro.