miércoles, 10 de diciembre de 2014

El canto dentro del canto

INFOSEL, Crónica cultural del jueves jueves 11 de diciembre, 2014.— 

La mano que pinta a la mano de M.C. Escher.
Cuando una obra resulta ser un espejo donde vemos eso que somos capaces de hacer, incluyendo aprender a cantar como lo hacía los zapateros en la Edad Media con tal de conquistar a la mujer con la que hemos sentido una atracción especial —que no fatal—, entonces, podemos reconocer el esfuerzo y los riesgos que implica y si, además, sabemos que el artista que compuso esta obra lo hizo también para vengarse de un individuo que lo ha venido criticando sin entender, mucho menos valorar la música que está componiendo, entonces, ahora que veamos Los maestros cantores de Nuremberg de Richard Wagner (1876) como podremos hacerlo este sábado desde el MET de Nueva York al mundo entero para que lo vean unas 3 millones de personas —aunque las obras de Wagner tienen un publico más selecto, pues son obras largas, como en este caso dura 6 horas empezando a las 11:00 de la mañana en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, en el Teatro Diana de Guadalajara y en el Teatro Macedonio Alcalá de Oaxaca, entre otras quince ciudades más de la República Mexicana y, para los que se la hayan perdido, sepan que la vuelven a pasar —la versión grabada— el sábado 24 de enero del 2015 en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del CCU, para poder vernos luchar por el amor de nuestra vida a través de ese espejo.

Se trata del joven Walther von Stolzig que llega a vivir a Nuremberg en el siglo XVI y estando ahí, conoce a Eva, la hija del rico orfebre Veit Pogner, quien propone un concurso de canto entre los maestros zapateros que cantan para que el ganador se lleve la mano y todo lo demás de su hija. Walther parece ser que tiene dotes naturales para el canto pero desconoce las reglas de los maestros del gremio, en donde va a tener que enfrentar a dos contendientes: el solterón amargado y envidioso llamado Sixtus Beckmesser —este es el personaje inspirado en el crítico vienés Eduard Hanslick, que se había convertido en el obstinado enemigo de Wagner, por eso, aprovecha el viaje para vengarse caricaturizándolo, haciendo el ridículo que va a ser el árbitro del concurso y desde su podio va a marcar los fallos del cantor —como buen crítico que era.

El tercero en discordia es Hans Sachs, poeta zapatero que vivió entre 1494 y 1576 quien, a su muerte dejó más de cuatro mil poemas menestrales que tratan del trabajo artesanal con una lírica medieval alemana construida por los del gremio usando las reglas que ellos establecieron en su práctica poética. Hans o ‘Juan’ Sachs quería competir por Eva pero, en un acto de bondad, decide ayudar al joven Walther para que entre al concurso y, de ser posible, gane, aunque él pierda la posibilidad de tener a Eva. Decide y le enseña a Walther para que le de forma a su talento. Gracias a ese esfuerzo, logra, a pesar de los berrinches del crítico, ganar el concurso de los maestros cantores.

Para muchos, el verdadero ganador es Hans Sachs que se ha sacrificado y se ha superado como persona y como artista, renunciando a Eva y ayudando a Walther sabiendo que representa el arte del futuro —como era la música de Wagner en este ejercicio que pude ser ‘el canto dentro del canto’ o ‘la obra dentro de la obra’ o ‘la mano que se pinta a sí misma’, como la que dibujó M.C. Escher (1898-1972) casi un siglo después.

Los maestros cantores estaban bajo el auspicio de San Juan (Hans o Juan, como se llamaba el héroe de esta ópera) y por eso escuchamos al coro de la iglesia formado por la comunidad de Nuremberg que alaba a San Juan Bautista la misma noche del solsticio de verano, el 21 de junio, cuando en esa ciudad salen todas las luciérnagas también llamadas «luciérnagas de San Juan», para iluminar los arbustos de lilas que regados por toda la ciudad.

La canción menestral es la más grande de las melodías de esta ópera que vamos a escuchar en su forma medieval auténtica (le llaman «canción estrófica») en la versión wagneriana que ya es parte del arte alemán por excelencia.

«Nunca había utilizado Wagner una fuente histórica tan concreta y detallada como en esta ocasión —y nunca volvería a hacerlo—, basado en la obra de Johann Christoph Wagenseil: La gaya ciencia de los maestros cantores (1697) de donde toma los nombres de los doce viejos maestros de Nuremberg, así como, las canciones, las reglas de métrica, la lista de fallos y penalizaciones, las distintas expresiones artísticas, los tonos de los maestros y todo ello al pie de la letra», como escribió András Batta en Ópera (Könemann, 1999)
Así pues, estaremos disfrutando de una lección de canto dentro del canto, mientras ridiculiza a ese crítico vienés, para clavarnos en el medio de los gremios medievales que tenían su personalidad e importancia y, para los que no somos expertos en la estructura musical de esos tiempos, vamos a disfrutar estos intentos de Wagner (1813-1883) que a sus 55 años de edad con esta obra.

Propongo que hay que dejarnos llevar y envolver por su música y por el canto de esta comedia en donde sabremos los sacrificios que implica intentar conquistar la mano de la mujer que nos hemos enamorado.