El Millón: crónica de un largo viaje

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 25 de diciembre, 2014.

El viaje de Marco Polo que duró 25 años de 1270 a 1295.
Como un cuento de viajes leo lo que escribió Félix Pita Rodríguez en su Elogio de Marco Polo, sobre todo cuando explica cómo es que Marco Polo podía contar las cosas a su manera, pues «era capaz de ver y se la pasaba mirando, como todos, pero su mirada era una red inmensa. Cuando la retiraba, venía llena de peces deslumbrantes: había visto lo que otros sólo miraban. Atrapaba ‘lo que la realidad tiene de fabuloso’, la magia del mundo. Su pupila zahorí no necesitaba de la fabulación, porque estaba en él la condición prima del poeta: miraba traspasando la epidermis del mundo y veía ‘el fondo invisible sobre el que reposa todo lo visible’».

Y esto que escribió Pita Rodríguez fue lo último que publicó a pesar de haber admirado a Marco desde la adolescencia, como lo dice en el Prólogo que cada vez que lo leo me emociono, pues dice que todo esto lo escribió «andando los caminos que cierran el círculo y que, en vez de encontrarlos declinantes o del todo apagados —como está en la condición humana que ocurra—, los hallo dentro de mí tan lozanos como ayer y con raíces más profundas que las de entonces.»

Por la belleza de los textos, por el amor y el respeto que le tiene a Marco Polo tal como lo expresa un escritor cubano del siglo XX a un cuentero veneciano del XIII, le dediqué horas transcribiendo su texto, aunque no tantas como las que le dedicó Rustichello de Pisa, el escribano que estaba en su misma celda cuando lo hicieron prisionero a su llegada de China por los genoveses en una de esas guerra medievales.

Lo transcribí línea por línea siguiendo esa obra magnífica, plena, barroca que retumba como las olas que se estrellan al atardecer en el malecón de La Habana donde, seguramente, iba todos los días para imaginar cómo debía contar uno de los capítulos de su elogio, imaginando a Polo en su celda, narrando sus andanzas y todo lo que había visto en un tan largo viaje —un cuarto de siglo— mientras Rustichello de Pisa tomaba nota fascinado de lo que escuchaba mientras su compañero de celda describía las maravillas del mundo como luego se llamó su libro publicado en vida —manuscrito, antes de las imprentas de Gutenberg— al que le llamaron sus amigos, envidiosos El Millón, como eran, según ellos, las mentiras que contaba lo que había vivido como embajador del Gran Kahn.

Cuando estaba moribundo, esos que se decían sus amigos, querían que confesara la verdad y Marco, después de un silencio «y el errar de la mirada por el artesonado de la cámara, y el asomar por debajo de las pupilas comenzando a vidriarse, un pensamiento que debió de estar seguramente entre los últimos de su cabeza fatigada: ‘Vendrán tiempos ahora lejanos, en que otros hombres verán con sus ojos lo que yo vi y Rustichello puso en el libro, y dirán: la verdad estaba en sus palabras’».

Como decía Eraclio Zepeda después de contar sus cuentos de lo que él había visto también en sus viajes por esas mismas regiones o por los desiertos de Arabia o las cumbres nevadas del Himalaya:  «¿Me pregunta si esto es cierto? Mire, señora, ¡no soy notario!» Por eso, qué nos puede importar si es o no real lo que cuenta o si es producto de su imaginación, como si no supiéramos que la realidad siempre se empalma con la ficción para formar una unidad inseparable, como ese material de los sueños con los que estamos hechos y con los que viajamos en esta vida, en otro tipo de viaje, donde vemos cómo pasa el tiempo y un ciclo alcanza al siguiente —como ahora el año nuevo— y esto sucede en un parpadeo, como lo que pueden ver las mariposas agitando sus alas mientras tienen vida.

Por ahí Pita Rodríguez habla de Beatrice la madre de Polo, quien también esperaba el regreso de su marido que se había ido por la Ruta de Seda desde hacía años, sin saber que ella estaba preñada de Marco y por eso, desde que nació desafiaba su soledad y todos los días se asomaba a ese «desolado horizonte de su ventana de Venecia» cargando a Marco que también se asomaba para ver si por la laguna lejana ondeaba la bandera de los Polo, hasta ese día que llegó Nicolo su padre pero Beatrice ya no estaba, como si la fortuna siempre jugara así y nos diera las buenas nuevas siempre escritas con tinta roja, como decía un rey medieval de Inglaterra.

Ahora, como si viniera de la imprenta de Santa Claus, he podido publicar cien ejemplares del Elogio de Marco Polo que adorna y abona el campo de la imaginación con estos sucesos de hace ocho siglos cuando hubo —el ‘azar objetivo’ que decía Octavio Paz—, un Rustichello que habitaba la misma celda para engancharse con esas historias deslumbrantes narradas por Marco cuando, como bien dicen los que saben, sucede en el «confinamiento (cuando) se abren todas las puertas mágicas, se desbordan mundos, límites y fronteras abolidos. Para el recluso es bartolina, el ámbito celeste se acomoda fácil en la esfera de una naranja.»

¡Feliz año nuevo!