El ojo niño de «Chucho» Reyes

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 13 de diciembre, 2014.— 

Uno de los papeles de China de Jesús «Chucho» Reyes.
Cualquier pretexto es bueno para ver y disfrutar la obra de Jesús «Chucho» Reyes (1880-1977) y qué mejor que poder verla colocada por toda la casa de uno de sus mejores amigos como es la de Luis Barragán, el arquitecto tapatío que hace un especial reconocimiento a este artista en su discurso cuando le entregan el Premio Pritzker en 1980, diciendo que «es esencial al arquitecto saber ver… y con ese motivo, rindo aquí homenaje a un gran amigo que, con su infalible buen gusto estético, fue maestro en ese difícil arte de ver con inocencia. Aludo al pintor «Chucho» Reyes, a quien tanto me complace tener ahora la oportunidad de reconocerle públicamente la deuda que contraje con él por sus sabias enseñanzas».

Cuesta trabajo imaginar como es que en 1947 Barragán se atrevió a pintar el pequeño comedir todo de rosa en lo que sería su casa en Tacubaya ahora inscrita en la lista de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad (2004) y si lo hizo fue gracias a las enseñanzas de este «personaje inquieto por encontrar el lado bello de las cosas, un vanguardista en toda la extensión de la palabra, en cuanto supo asimilar todas nuevas corrientes estéticas, siempre en contacto y sensible a las más diversas manifestaciones artísticas.»

El acervo que se tiene de la obra de «Chucho» Reyes en la Casa Barragán —desde hace años está a cargo de Catalina Corcuera—, es basto y frágil, pues está hecho sobre papel de China que es sensible a la luz y que, por eso, requiere de un cuidado especial. Gracias al apoyo del FONCA y de Fondeadora, A.C., han podido restaurar parte de esta obra que ahora exponen en la casa Barragán como El ojo niño y que al verla nos mueve una vez más el tapete.

La obra quedó como nueva y la han colocado en varios lugares de la casa de tal manera que el visitante la va descubriendo mientras recorre los diferentes espacios y así es cómo «se levanta la cortina y da principio la fiesta del color.»

La obra ha sido restaurada por Alejandra Topete con una muy buen técnica y el cuidado de hacerlo en los papeles de China importados a base de arroz, con una cama de seda, en donde colocaba la mezcla de pintura, algunas veces con clara de huevo para que le diera más resistencia pues lo que buscaba era el craquelamiento de sus obras.

«Un parentesco indudable con el arte plumario de los mexicanos clásicos refuerza la riqueza objetiva de este gran artista. Sangrante, el papel de China soporta en su fragilidad, quién sabe cómo, la imagen terrible de Nuestro Señor martirizado. Ya estos papeles tienen fama universal» —escribió Carlos Pellicer y, luego, Juan Soriano agregaba que «lo popular le inventa a él y él inventa lo popular. Es al mismo tiempo fuente y mar.»

Ahora estas obras están como si ésta estuvieran en su casa, tal como imaginó Zoraida Gutiérrez Ospina, curadora de la exposición, quien logró integrar la austeridad y la belleza de los espacios con el juego de colores con esos papeles con temas sencillos pero que logran iluminarnos el alma con su inocencia. El día de la inauguración estaban en el taller de enfrente a Verónica Aguilar con varios niños pintando al estilo de «Chucho» con el que se identificaron a las primeras de cambio quien es «la espontaneidad misma y esa gracia que tanto contribuye a la belleza de vivir», como decía Enrique F. Gual.