viernes, 19 de diciembre de 2014

Elogio de Eraclio Zepeda

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 20 de diciembre, 2014.

Eraclio Zepeda y Martín Casillas de Alba, Andando el tiempo (1982).
Antes de iniciar la publicación de la revista La Plaza y pasar al periodismo como socio fundador y director editorial de El Economista, llegó a verme Eraclio Zepeda —de quien Rulfo aseguraba era el único escritor del realismo mágico en México. Desde el mismo momento que llegó este chiapaneco enorme que parecía más bien uno de esos hacendados del Sureste —en realidad, tiene un rancho cerca de Palenque donde criaba ovejas pelibueyes, es decir, sin lana, literalmente hablando—, para proponerme la publicación de sus cuentos Andando en tiempo que, de puro gusto lo hicimos en buen formato y la primera edición estuvo lista el 26 de mayo del 1982 con grabados de Antonio Martorell. Fue el best-seller de Martín Casillas Editores.

Pronto nos hicimos amigos y para julio nos fuimos de gira, primero a Xalapa, donde había estudiado y ya se pueden imaginar la cantidad de amigos que tenía desde la universidad que asistieron. De ahí, nos fuimos a Guadalajara para presentar el libro en el Hospicio Cabañas —donde lo buscaron estudiantes de veterinaria para saber más de las ovejas pelibueyes que de literatura. Al terminar la presentación, nos fuimos a la casa de Anís Díaz de Blancarte hasta el amanecer con la boca abierta, escuchando los cuentos tan bien contados y plenos de realismo mágico, como aquella historia de ‘Don Chico que vuela’, saboreando palabra por palabra de ese deslumbramiento único de escucharle, que nunca se repetirá, como dice Félix Pita Rodríguez:

«Te paras al borde del abismo y ves el pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ante tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios sus destinos. Sabes que en línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamacas suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante…» En 1983 fuimos a Tuxtla Gutiérrez para acompañarlo a recibir el Premio Chiapas donde conocí al famoso compadre Alfaro, cuentero mayor de esos rumbos.

Dos años después me propuso publicar el Elogio de Marco Polo del cubano Félix Pita Rodríguez (1909-1990). Le hice caso y pronto estuvo la tipografía, pero nunca llegó a la imprenta por la crisis de por medio. Treinta años después he decidido transcribirlo, línea por línea, disfrutando de su lectura para publicar 100 ejemplares antes de la Navidad como regalo de ese elogio de un artista cubano del siglo XX al veneciano del XIII:

«Mi Señor Marco Polo: desde mi más temprana adolescencia, puse en ti, singular estrella errante del cielo más alto, mi admiración y, por tanto, mi amor más puro. Tan diamantinos esa admiración y ese amor, que hoy, cuando ya estoy andando los caminos que cierran el círculo, en vez de encontrarlos declinantes o del todo apagados —como está en la condición humana que ocurra— los hallo dentro de mí tan lozanos como ayer y con raíces aún más profundas que las de entonces», como empieza ese texto deslumbrante.

Si Rustichello de Pisa fue el escribano de Marco Polo quien publicó en vida el Libro de las Maravillas del Mundo, ahora,  gracias a ese texto que me llevó Eraclio en 1985 con el Elogio de Marco Polo yo me convertí en el Rustichello de Félix Pita Rodríguez y el libro se publica justo a tiempo para celebrar con Eraclio Zepeda el que haya recibido esta semana la medalla Belisario Domínguez.