miércoles, 3 de diciembre de 2014

Inmersión total

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 4 de diciembre, del 2014.- 

La propuesta de la FIL gira alrededor de los libros y su lectura, por eso, creo que es un buen pretexto para reflexionar sobre las dos propuestas. Por un lado, Unamuno decía que había que leer, leer, leer para vivir la vida que otros soñaron… leer —decía—, porque resulta que el alma olvida las cosas que pasaron y sólo se queda con «las ficciones, las flores de la pluma, las olas, las humanas creaciones, el poso de la espuma.»

Leyendo, pues, sucede que le jugamos al Tiempo una buena broma: perdemos su noción, inmersos en lo que nos están contando, imaginando rostros, situaciones y gestos o el paisaje y todo lo que va sucediendo al ritmo de nuestra lectura sin que nadie —como en la TV o en el cine—, nos imponga las suyas para que tengamos tiempo de construir las propias.

Una de tantas conversaciones de don Quijote con Sancho Panza es ésta antes de que vaya a visitar a Dulcinea, «¡dichoso entre todos los escuderos!», para que se fije bien lo que haga y luego se lo platique para que él pueda saber de esa manera «lo que está escondido en el fondo de su corazón»: Anda hijo —le dijo don Quijote—, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de la hermosura que vas a buscar.

Y ya nos estamos imaginando a esa «hermosura», como lo sugiere don Quijote, y empezamos a trazar un bosquejo de aquella que nos llena el alma y que se ha convertido en la razón de ser en este o en aquel lugar de la Mancha: ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase de ella cómo te recibe: si muda los colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está de pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado... mira todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al hecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes las acciones y movimientos exteriores que muestran cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior de su alma pasa.

Y reproduzco el párrafo completo para que lo disfruten conmigo y, más todavía, si lo lean en voz alta como lo hacían en los tiempos de Cervantes, para comprobar el poder de las palabras bien escritas y se den cuenta de las imágenes que vamos fabricando mientras escuchamos las instrucciones que recibe Sancho para después saber si ella «se levanta la mano al cabello», que tome nota.

Sancho nos confiesa, en otra parte del Quijote, sus dudas sobre la famosa Dulcinea, pues cree que más bien se trata de la tal Aldonza Lorenzo, la aldeana que trabajaba en uno de los establos de la Mancha.

Es un párrafo entre miles que escribió Cervantes en esa obra que sigue siendo el faro que nos ilumina y, si se han dado cuenta, la propuesta implica la importancia del lenguaje corporal que se aplica hoy en día desde que se publicó en 1604 como Don Quijote de la Mancha y que tiene que ver con nosotros en este instante.

La FIL invierte millones (mismos que recupera), para llamar la atención sobre los libros y la lectura. Durante esta semana asisten medio millón de personas a las que agregamos de esta manera .a los que participan virtualmente, primero conociendo aquello que pensaba Unamuno; luego, con la cita de Cervantes y ahora con Marcel Proust que nos habla de la importancia que tuvo la lectura en su infancia, tal como recuerda este autor de memoria extraordinaria que luego la usó para encontrar el tiempo perdido, entre otras cosas, con esto que decía, cuando no había «días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como los que creímos dejar sin vivirlos, los que pasamos con un libro preferido».

O mejor, recordar a Antonio Muñoz Molina que hace poco escribió en Babelia cómo se ponía a leer de niño esos primeros libros que le regaló su tío con las obras de Julio Verne. Recuerda que se sentaba en la mesa del comedor de su casa, en el pueblo de Úbeda, para taparse la piernas con el mantel que cubría al calentón al centro por ser el único lugar caliente de su casa.

Mientras, el tiempo desaparecía pues él estaba inmerso en las veinte mil leguas de ese viaje al fondo del mar, mientras luchaba con el Capitán Nemo… hasta que no podía más por falta de luz. Una inmersión total como la que nos propone logremos cuando leamos algún libro, como me ha pasado cuando leí su novela El jinete Polaco, donde viajamos con él en el tiempo desde su pueblo de Úbeda a Nueva York, mientras le jugamos su broma al Tiempo.