miércoles, 17 de diciembre de 2014

Las manías y los sueños de Navidad

INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 18 de diciembre, 2014.— 

Una escena de El Cascanueces de Tchikovsky.
Como una avalancha o como el famoso maratón Guadalupe-Reyes, llegan las fiestas de Navidad y las vacaciones de fin de año y con ellas, la manía de los regalos, los abrazos y los buenos deseos a medio mundo con tal de no pensar en lo que está detrás de eso que estamos celebrando y, mucho menos, en lo que realmente necesitan los pequeños. Celebramos el nacimiento y el paso que tuvimos que dar a los nueve meses cuando fuimos expulsados del paraíso que, a pesar de no recordarlo tal como sucedió, está registrado en alguna parte del inconsciente como una experiencia traumática ese pasar del paraíso-seno-materno a la luz del día, llorando como descocidos, sin saber por qué tuvimos que abandonarlo sólo para enfrentar nuevas sensaciones cuya satisfacción o ausencia forma parte de nuestro pasado, al tiempo que, tratábamos de entender porqué el frío, el hambre y la necesidad de estar bien abrazado era parte importante de nuestra vida así como, tener miedo cuando llega el fin del año, como el «Capitán Garfio», al escuchar el tic-tac del reloj que marca las horas.

Casi al fin del maratón celebramos el término de un ciclo anual con las doce campanadas del Tiempo que pone su marca en el camino de la vida para tener un año más o uno menos de vida —según lo queramos ver— y que, por supuesto, nos negamos a tomar conciencia pues a veces nos creemos inmortales —como dicen que es el alma— y no esos simples actores que en el escenario donde nos movemos y gesticulamos nuestra hora para que luego nadie se acuerde de nosotros y sólo seamos un cuento contado por un idiota con mucho aspaviento y enjundia que nada significan —como más o menos pensaba Macbeth.

Por eso mejor nos vamos de parranda y gastamos como en ninguna otra fecha del año para aturdirnos y no querer saber nada de esto, ni de esa otra avalancha que se nos viene encima con los recuerdos de aquellas Navidades cuando, inocentemente, esperábamos los regalos de Santa Claus entre sueños  como ahora lo podemos ver en El Cascanueces, el cuento de hadas en su versión de ballet luego que «suspendemos voluntariamente la incredulidad» —como decía Coleridge—, y dejamos que tomen vida los regalos para llegar al final feliz en donde podemos ver que hay una luz al final del túnel y renovemos la esperanza y las ilusiones de lo que nos queda por hacer.

La idea del Cascanueces fue de Iván Vsevolozhsky el director de los Teatros Imperiales de la Rusia en 1891. Se basó en el cuento de E.T.A. Hoffmann adaptado por Alejandro Dumas, padre, al que Marius Petipa le metió mano para hacer el libreto que le sirvió a Tchaikovski para componer la música y a los bailarines para que salieran a escena, como lo podremos ver en Guadalajara con el Ballet Joven de Jalisco o en la ciudad de México con el Ballet de Moscú o con la Compañía Nacional de Danza.

El Cascanueces (ese que sirve para partir las nueces como las que se abundan en estas fechas), sucede un 24 de diciembre durante la fiesta de Navidad que organiza el señor Stahlbaum en su casa, en donde los niños Fritz y Clara están felices, como nosotros lo estábamos a esa edad, con los regalos que del árbol como el arlequín que baila o la muñeca o el oso polar y los soldados de plomo.

Clara se queda dormida en el sofá de la sala y los juguetes toman vida de tal manera que los soldados, dirigidos por el Cascanueces, se enfrentan contra los ratones guiado por su rey. Por supuesto que Clara entra en defensa del Cascanueces y, a partir de ese momento, sucede todo lo que podemos imaginar en la vida real, entre embrujos y maldades, hasta que vemos cómo triunfa el amor para salir de ver este ballet a nuestra casa con el ánimo renovado.